¡Pero qué gente, caballeros!

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Por estos días hay quien se convierte en una suerte de oráculo ambulante. Seguramente usted ha conocido a algún sujeto de esos: prueba fuerza con sus propias predicciones, se da sus palmaditas en el hombro, se contempla gracioso en el mismo espejo en que ayer se descubrió arrugado, parafrasea la canción del superego —«Qué lindo estoy, qué bueno estoy, qué bien me veo»—, y se echa contento a la celebración, sin pensar demasiado en las torceduras o los acarreos épicos de los 12 meses que concluyen.

¡Qué clase de tipo, chico! Este tremendísimo que se pasó todo el año en sus ires y venires de un lado a otro, «luchando» a brazo partido, pero en una «luchita» sin herir a nadie, manteniéndose «guapo y faja’o», tratando de que no le entrara ni la gripe, como siempre me dice un buen vecino. Ahí, en la certera batalla de las cotidianidades más resolutivas y convulsas, en las tensiones a veces tragicómicas del «se acabó», «hay que buscar», «qué bueno que lo conseguiste», «ya con ese poquito tenemos».

¡Qué gente, caballeros, pero qué gente!, que solicita una pose carismática para preservarse; que guarda especiales condimentos como esencia suya para cocer y aderezar con los mejores adobos las alegrías en la sobremesa de año nuevo.

Lo más posible es que este campeón innato de la mofa, la gozadera y la resistencia a como dé lugar, a porque sí, con absoluta licencia se ha hecho el elegante, el tipo duro, el del traguito desinhibidor, el del pasillo cuando suenan los tambores, o a lo Marc Anthony, con ese himno musical de turno que pregona una filosofía más que entendida, pues la vida, como bien él sabe y prueba, hay que conquistarla en su dialéctica siempre renovada, conveniente a todo lo que sucede, para que lo fatuo no nos estorbe o se nos vaya del lado como el propio acorde de la canción.

¡Caramba! Mira que este socio de barrio, de bodega, de mercado y carnaval, de Yutong y P­11, se las trae. No se cansa el muy cuerdo de ser loco; no se aburre el muy loco de ser cuerdo a más no poder. Y ahora que los relojes se ajustan para volver de nuevo a la hora cero, uno lo ve inmerso en pleno reciclaje.

Porque a este amigo­hermano —casi yo mismo por extensión de la palabra, aunque, por mucho, siga siendo su aprendiz— no lo cura de sus arrebatos y delirios de optimismo ni el médico chino. No existe remedio para su enfermedad, parecen prescribir con conocimiento de causa todos los facultativos. No se ha inventado todavía terapia ni vacuna que lo salve de su frenesí, de sus punzadas de entusiasmo.

El cubano es un apasionado congénito, un hijo fecundo de la energía positiva y las empresas difíciles; un renunciante declarado de las posturas cansinas, mojigatas, simplistas; un obstinado a seguir, y seguir bien. Y en ese capricho testarudísimo que vamos pagando al mejor precio, aparecen las invocaciones a todos los que son y están con él.

El cubano es una miscelánea indescifrable, fabulosa: es la guagua atestada, el vendedor de hortalizas de la esquina, el bullicio de la cola con jabita, la picardía por cuenta propia, la gozadera en pipa, el enciclopedismo que tomó las calles para ayudar a los títulos de academia; la rumba y el son en perfecto coqueteo.

Es Alicia, los Van Van y el teatro callejero en el mismo escenario, el estadio cuando se repleta, el jonrón de Pestano decidiendo el campeonato. Es mi vecina con su cafecito humeante para todo el barrio, la ciencia que se hace con corbata y sin ella.

El cubano, señores, el cubano es lo que siempre está por venir. Y lo bueno, lo nuevo, lo prometedor, ya nació y tiene nombre: 2014.

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