Carga de amor y vida

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Pudo haber muerto prosaicamente, de cualquier cosa, como predijo en su Canción del sainete póstumo. Pero su anhelo nunca fue inútil, como el de aquel otro poema, porque las alas conquistaron las nubes más altas. Y las musas del Hexaedro rosa todavía visten de caricias a cualquier joven que llegue desnuda a una fiesta de amor.

El gigante de aquellos versos se sacudió hasta que halló todo lo grande que había por hacer, y aun después siguió siendo sacudido, porque siempre hubo más para Rubén Martínez Villena. Los celos eternos consumen a quienes no pudimos vivir los tiempos de sus ojos encendidos, porque los celos del pasado —lo escribió el poeta— son incurables.

Protestar ante la corrupción escondida en la compraventa de un antiguo convento, gritar la verdad al Asno con garras, como llamó al dictador Gerardo Machado; unir a estudiantes y obreros en la Universidad Popular José Martí, ser parte activa de la organización obrera y del Partido Comunista de Cuba, organizar la huelga general de agosto de 1933, guiar el primer congreso de Unidad Sindical desde el lecho de su inmortalidad…, todo ello hizo de este joven alquizareño un revolucionario verdadero.

Pero su poesía, vestida y perpetuada por esa imprescindible virtud de ser consecuente con la pluma y en la acción, lo situó de ese lado de la memoria histórica adonde van a parar solo los inolvidables.

Porque hay muchas y variadas cargas para matar bribones, pero para exterminar a Villena no valen las cargas de la tuberculosis, ni el paso voraz de los años, que siempre intentan sepultarlo todo. Porque en cualquier esquina, o enviados por el correo electrónico (en consonancia con los nuevos modos de querer) merodean esos versos exquisitos: «Y mientras te digo todo esto tú estás ahí, de pie, en el medio de mi alma, con mi más vieja tristeza bajo el tacón de tu zapato».

Para hablar del muchacho encerrado, a sus 35 años, en un cuerpo frágil que sostenía espíritu tan sólido (infeliz combinación a la que nos ha acostumbrado el azar de la historia), no hay juez más justo que Raúl Roa, nuestro Canciller de la Dignidad, quien para el amigo compuso metáfora tan intensa al compararlo con «una semilla en un surco de fuego». Y definirlo como de «magnetismo poderoso» y «el arquetipo del intelectual revolucionario».

No hay testigo más elocuente que el destino de un país para ubicarlo dentro de la línea genealógica revolucionaria que muchos señalan sin temor a errar: José Martí-Julio Antonio Mella-Rubén Martínez Villena-Antonio Guiteras-Fidel Castro.

«Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido: me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social», fueron sus palabras de absoluto compromiso con su realidad, calificadas por Armando Hart de «renuncia desgarradora» y «dramática decisión», de quien fue, sin duda, «el más alto exponente de la intelectualidad cubana de su época histórica», por dejar bien definida la tesis martiana de que la justicia va primero y el arte después.

Aunque es cierto, como dicen los mayores, que no se debe andar rememorando la muerte de nadie pues para recordar están los cumpleaños o cualquier otro aniversario, revivo su eternidad, su vida, sus poemas en la agenda de cualquier joven del 2014, su «impulso de ascender y ascender hasta que pueda/ ¡rendir montañas y amasar estrellas!/ ¡Crecer, crecer hasta lo inmensurable!».

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