¿Se multiplican los «Yeyos»? - Opinión

¿Se multiplican los «Yeyos»?

Autor:

Mailenys Oliva Ferrales

Hace algunos años la televisión cubana popularizó varios spots en los que un personaje recreado con cierta dosis de humor, desentendido unas veces de su entorno, otras despistado y en ocasiones poco cortés, era requerido por sus vecinos con un sonado: ¡Yeyo, compadre!

Aquella frase que de alguna manera se incorporó a nuestro argot para llamar la atención sobre acciones o actitudes incorrectas en niños, compañeros de trabajo y vecinos, con el tiempo desapareció de la pantalla y a veces pienso que hasta de la conciencia de alguna gente.

Pensaba en ello mientras volvían a mi mente recientes expresiones de uno de esos personajes. «¿Mi casa? Esa la tengo como una «joyita». Ahí no hay mosquito que viva de lo limpia que siempre la tiene mi esposa», respondió orgulloso, aunque segundos después parecieron agotársele los elogios cuando lo invitaron a mirar afuera de su hogar. «¿La calle?, ¿el barrio? Ah, de eso yo sí no sé. Ese no es mi problema», apostilló.

Lo que pudiera llamarse como el «síndrome de Yeyo» es perceptible en cualquier cuadra o barrio donde afloran manifestaciones de desorden y maltrato a la propiedad social, debido a la proliferación de ciudadanos a quienes, como al personaje de los cortos televisivos ya referidos, poco les importa el bienestar colectivo.

Y no se trata solamente de que surjan nuevos casos de individuos con muy mala educación y desapego a las normas elementales de convivencia, sino de que también han cobrado fuerza la indolencia y el no enfrentarse a posturas negligentes.

Ejemplos sobran en esas esquinas bautizadas como plataformas para acumular escombros, en las alcantarillas colapsadas a causa de la introducción de objetos, o en calles que son víctimas de quienes «se adjudican» su propiedad y las rompen para instalar acometidas o solucionar otros problemas, pero rara vez se acuerdan de pasarles luego la mano.

Habrá quien piense que ello ocurre allí donde las entidades de Planificación Física, Acueducto, Comunales y otras faltaron a su compromiso social, mas eso sería como justificar una indisciplina propia a partir del incumplimiento de otros. En lo que sí podríamos estar de acuerdo es que, a la par de exigirnos más a nosotros mismos, les exijamos más a esos organismos, pues el cabal cumplimiento, siempre, de sus servicios redundará en una mejoría de las condiciones y del comportamiento personal.

No es cuestión de asumir roles que les corresponden a los inspectores o a los funcionarios de higiene y salud, cuya misión es velar por el cumplimiento de las leyes, pero lo que sí nos toca como ciudadanos es dejar de «tirarle la toalla» al vecino que utiliza el drenaje como basurero particular, o de hacernos los de la vista corta cuando un niño descansa su pie sobre una pared…

Seguirá siendo labor conjunta de la familia y la escuela ocuparse de la formación de valores en los nuevos retoños, pero lo que falte por hacer en ese ámbito no puede usarse como excusa para permitir las negligencias en los vecindarios —las cuales no son exclusivas de los jóvenes— sin que exista el reclamo oportuno, levante la preocupación colectiva o motive a la reflexión y el análisis.

Deben, eso sí, enfrentarse con constancia; constituir temas que se debatan en las rendiciones de cuenta y encuentros del CDR, sin soslayar la atención de los organismos involucrados, que deben resolverlos de acuerdo con las posibilidades del país.

Mantenernos al margen del enfrentamiento a la indisciplina no va a ser nunca la solución. Como a Yeyo, habrá que hacerle comprender a quienes imitan sus malas prácticas que es posible rescatar la civilidad y cuidar el espacio de todos. Para empezar, pongámosle la mano en el hombro y digámosle: ¡Compadre!

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