Debilidad por los cumpleaños

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Quienes me conocen, lo saben. Tengo debilidad por los cumpleaños. Y no es por el deporte de empujar bajo la piñata, ni siquiera por emular ante la bandeja de las cajitas. Mi punto débil está en hacer demasiada memoria, en recordar hasta la celebración más extravagante.

Sin exagerar, esta costumbre me acompaña hace siglos. Puedo despertarme en medio de la noche y evocar el aniversario de un viejo amigo. Vienen a mi mente no solo compañeros del preuniversitario o de la secundaria, sino hasta los de primaria y aquellos con los que solamente he compartido momentos efímeros. ¿Qué puedo hacer para evitarlo?

Tal vez no es como para registrar en los Récords Guinness. Lo curioso resulta que mi memoria no es tan pródiga que digamos. Siendo sincera, puedo afirmar con total desparpajo que olvido casi todo, incluso los rostros de las personas (¡qué vergüenza!).

Volviendo al hábito de recordar los cumpleaños, reconozco que tiene algo de mágico. Disfruto advertir el asombro en esos que se creyeron inadvertidos, en aquellos que pensaron que pasaría por alto tal celebración. Sin embargo, a veces quisiera no recordar tanto. Porque algunas fechas me traen esa dolorosa sensación de quienes no podré abrazar por muchos años que cumplan. Unos, por lejanos; otros, ya inalcanzables.

Este 29 de marzo me conduce a un amigo que nunca se supo mi cómplice. Pero me habló desde su música en los momentos en que lo necesité (aún lo requiero siempre). Gago y zurdo se me presentó en medio de mi adolescencia y ya no pude dejarlo ir. Junto a él aprendí a descerebrarme el corazón, a sacar de mí «lo que creció viviéndole a la vida por ahí». Su manía de desgarrar la guitarra se volvió mi Despojo.

Desde que vi los dientes cayendo de su barba, emprendí esas Batallas sobre mí. Como nunca estuvo de moda, lo disfruté desde esa secreta complicidad donde una se conecta con la rebeldía. Porque había nacido cercano a mi cumpleaños, decidí que debía parecerse a mí. Y fortalecí esa misteriosa conexión con el autoproclamado rojo independiente.

Aunque nunca lo tuve tan cerca como en la soledad de mi cuarto, algunos conciertos me aproximaron a sus modos. Descubrí entonces al eterno inatrapable que detenía una canción si entendía que le faltaba algo. Que olvidaba una letra o decidía tomarse un tiempo si las buenas vibraciones estaban lejos. Que sabía sonreír ante esos misterios surrealistas de la existencia. Que hacía música de ellos. Que no cantaba sin sentir. Que fue guerrillero de cuerpo y alma.

Otros amigos por transitividad me hicieron quererle más. El día de su partida, ese 12 de febrero en que muchos se reunieron a cantarle, reparé con más detenimiento en su grandeza. Buenos corazones fueron a ofrendarse. Hasta Fito Páez desde su distancia, como siempre, ofreció el suyo.

Pero este 29 de marzo cumple años ese amigo. Y aunque de todos modos no iría a celebrarlo a su lado, me hiciera más feliz imaginarlo al piano o con la guitarra al revés. Sin duda, lo más probable es que así ande, porque Noel y Sara no van a perderse la oportunidad de cantar junto a él.

Por allá arriba sonará un concierto irreverente con Mickey, Mallory, fulanito, menganito, Gunilda, Bárbara, Rosario… Porque ya lo adelantó en su canción: «Si vuelvo a nacer será preciso ser lo mismo». Entonces este cumpleaños de mi Santi Feliú lo celebramos todos desde el universo de sus acordes, desde la secreta certeza de que «lo eterno no es de nosotros». Hoy me sentiré más acompañada en esta manía rara de recordar los cumpleaños.

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