Desolada la muerte ante el ángel Gabriel

Autor:

José Aurelio Paz

La Muerte, al recibir la encomienda, se sintió mareada, se dejó caer sobre su sofá de sombras y comenzó a apurar un café fuerte ante la inminente jaqueca.

No era fácil, para tan impopular señora, tener que irse a buscar a Gabriel García Márquez, un hombre que le sumaría, aun más, impopularidad y malos deseos como que ella, para siempre, se muriera.

Con la guadaña recostada al hombro repasó, una vez más, el libro que había inmortalizado a este hombre, y sintió un corrientazo en la hernia discal de su huesuda espalda, que le hacía andar despacio. La palabra «inmortalidad» le creaba el mismo escozor de tener «en las tripas hongos y lirios venenosos» que a aquel coronel, olvidado y solo, quien no tenía café para tomar en las mañanas y al que nadie le escribía.

Lo abrió, precisamente, en el capítulo donde el escritor decidió terminar con el personaje de Úrsula Iguarán, y leyó en voz alta para infundirse valor: «Santa Sofía de la Piedad tuvo la certeza de que la encontraría muerta de un momento a otro, porque observaba por esos días un cierto aturdimiento de la naturaleza: que las rosas olían a quenopodio, que se le cayó una totuma de garbanzos y los granos quedaron en el suelo en un orden geométrico perfecto y en forma de estrella de mar, y que una noche vio pasar por el cielo una fila de luminosos discos anaranjados. Amaneció muerta el Jueves Santo…».

Un temblor de hojarasca dejó caer el libro de sus huesudas manos. ¡No era posible que el hado le exigiera tal coincidencia! Aquella mujer, de nombre tan común y universal como Úrsula, en que concentró el autor la estirpe toda de la América, quizá le había exigido a la Providencia que él se marchara en igual día para andar juntos.

Pero ya no había remedio: todos los diarios del mundo lo anunciaban en sus crónicas y la acusaban a ella, La Muerte, de presunta asesina.

Lo que más le duele es que sabe que se trata de una misión imposible, fatua ante la lógica de una vida tan rica como la de  Gabriel, un hombre al cual podría arrancarle el cuerpo, pero no la permanencia entre su gente; esos lectores que se inscribieron, para siempre, como hijos de los Buendía y todavía se asombran de conocer el mar; que gozan en recibir a los gitanos que van y vienen, de pueblo en pueblo, mostrando sus inventos; quienes hacen y deshacen aún, con sus manos, pescaditos de oro; o logran levitar al leerlo, por encima de las carencias de este mundo, sin apenas probar el chocolate del padre Nicanor… ¡En fin!

La Muerte respira hondo por última vez. Como nunca antes siente pavor. Llora porque no quiere hacer su tarea. Lee la profecía en los pergaminos de Melquiades y toma en su mano el imán, la lupa y el hielo. Prende una rosa amarilla a su túnica negra. Se estremece toda como muriendo y deja escapar, muy bajito, para ni siquiera ella misma escucharse, un ¡allá voy!

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