Los Estados Unidos hoy

Autor:

Ramón Sánchez-Parodi Montoto

Estados Unidos está sumergido en una crisis estructural y enfrenta una difícil batalla para ajustarse en lo interno y lo internacional a la nueva era que se avecina. Se trata del país más rico del mundo, con un producto interno bruto (PIB) superior, por mucho, al de cualquier otro país.

Es el mayor socio comercial de la mayor parte de los países, el más avanzado en términos de ciencia y tecnología, con los más altos niveles de productividad; el dólar es la moneda de referencia preferida; en el plano militar, cuenta con el más poderoso armamento y la más avanzada tecnología militar, especialmente en su arsenal de armas de destrucción masiva.

Tiene Estados Unidos todos los elementos materiales para mantenerse durante largos años como la nación más poderosa del mundo en cuanto a producción económica y poderío militar. Pero, a partir de la primera década del siglo XXI, este país está obligado a realizar profundas reformas en el uso y distribución de las riquezas, en las proyecciones de su papel internacional y en la organización, funcionamiento y rol de su estructura política, económica y social. Y los acontecimientos indican que Washington está bien lejos de aceptar esta realidad.

Las razones más inmediatas de esta crisis se encuentran en dos errores crasos cometidos por la élite dominante. Uno de ellos es el consumismo desenfrenado, promovido a partir del fin de la II Guerra Mundial y que ha provocado los más acuciantes problemas de esa sociedad: atención deficitaria a la salud de la población, ausencia de garantías de un empleo estable para la masa trabajadora, incertidumbre en el futuro de la ya hoy insuficiente seguridad social, falta de oportunidades para amplias capas de la población de acceder a la educación por los altos precios de la enseñanza privada y la deficiente calidad de la pública, y el empobrecimiento relativo (en el país más rico del mundo) de la mayoría de la población con la prepotente concentración de la riqueza en el uno por ciento de la población.

Hoy, en Estados Unidos hay también una crisis de liderazgo político. Los líderes demócratas y republicanos mantienen la maquiavélica y reaccionaria cultura de hacer política de «divide y vencerás». Es creciente la pérdida de confianza y de credibilidad que la población manifiesta no solo hacia la presidencia de la nación, sino hacia el resto del poder ejecutivo, así como el legislativo y el judicial.

Entre los líderes demócratas se extrema la desunión. Obama, electo hace ya más de cinco años bajo la consigna de «Cambio en el que podemos creer», no ha conseguido armar una coalición demócrata para dirigir el país hacia el futuro. Al igual que su antecesor republicano George W. Bush, va camino de «ver los toros desde la barrera» en las próximas elecciones, sin capacidad para influir en quién será el candidato demócrata a sucederlo. Solo dos de cada cinco personas (un 40 por ciento) consideran aceptable la gestión presidencial de Obama.

A lo interno del Partido Republicano existen profundas discrepancias en cuanto a las soluciones de apremiantes problemas (inmigración, deuda nacional o déficit de los gastos públicos federales), las contradicciones relacionadas con las bases programáticas y la forma de organización del partido. El Tea Party, que agrupa a populistas de profundas raíces conservadoras y de un acendrado individualismo, puede constituir el caldo de cultivo de un movimiento neofascista, si la crisis del país se profundizara.

En las bases populares se percibe la desmovilización, como ha sucedido con la coalición de liberales radicales y de izquierda que meses atrás dieron vida y fuerza al movimiento Ocupar Wall Street, que fue reprimido con una dura violencia policiaca y desde hace más de un año ha plegado sus banderas.

Hoy, los ciudadanos y la sociedad norteamericanos son víctimas de las secuelas del otro gran error cometido por la élite de poder, a partir del fin de la II Guerra Mundial, cuando el poder imperial de Estados Unidos se dedicó a tratar de colocar al mundo bajo su égida, al privilegiar el gasto de gigantescas sumas de recursos en lograr la superioridad militar y en las aventuras intervencionistas en todos los rincones del planeta por encima de la atención a las necesidades ciudadanas, particularmente la salud, la vivienda, el empleo, la seguridad social. Estos astronómicos gastos han colocado al país al borde del caos económico y social, y todavía no hay salida viable al problema.

Tampoco es posible hoy para la élite de poder en Estados Unidos mantener la hegemonía unipolar que reclamaba en la última década del pasado siglo, cuando se desintegró la Unión Soviética y desapareció el campo socialista.

A ojos vista se acumulan las evidencias del declinar del poder imperial. Lo saben los ideólogos del capitalismo, y los políticos del sistema recurren a artificios como el «smart power», que algunos traducen como «política inteligente» (en realidad nada inteligente), para intentar apuntalar un poderío que va llegando a su fin, tal como lo muestran las experiencias de la criminal política contra Cuba y contra la Revolución Bolivariana en Venezuela, por mencionar solo algunos puntos candentes de la actualidad mundial.

El futuro es bien incierto. No existe un consenso nacional, ni siquiera los grupos de élite tienen un criterio común acerca de la manera de enfrentar los cambios necesarios en la economía, la política y la sociedad. La decisión de la Corte Suprema del pasado 2 de abril en el caso McCutcheon vs Federal Electoral Commission allana el camino para la consolidación de la plutocracia en Estados Unidos.

* Diplomático, periodista y escritor.

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