Figo

Autor:

Enrique Milanés León

Figo es uno de los mejores amigos que he podido tener. Con su principal «dueño» en África y el otro en Sudamérica, este can y yo nos hemos estrechado las patas en un pacto de afectos que crece por día. Cuando me acerco al barrio en que vivimos, una cola en zigzag me anuncia que en este mundo se me quiere todavía.

Sin que él sea «mi» perro —¡vana manía humana de poseerlo todo!— soy quien lo baña cuando «le toca» y él, tranquilo, se deja asear con tal de no parecerse a ciertas personas que ladran por ahí. La cosa, sin embargo, no es tan sencilla. El día del mes en que voy a confrontarlo con el agua y llamo: «¡Figo...!», de alguna manera él adivina mis propósitos, se hace el desentendido y agacha aún más su «salchíchico» cuerpo, pegado al suelo, para refugiarse bajo una cama.

Nosotros hablamos mucho. Además de las mismas percepciones sobre el amor y el egoísmo, sobre el dinero y la virtud y otras antinomias que muerden la sociedad y hasta contagian la rabia, los dos tenemos otras cosas en común. La columna, por ejemplo. Los veterinarios —que debían tratarme a mí, de vez en cuando— dicen que su columna alargada es vulnerable a las lesiones y las hernias de discos. ¡Ni que estuvieran hablando de mí...!

Además de la salud, Figo y yo hablamos de otras cosas «perronales». Hace poco se me quejó de sus dueños. Resulta que, en equivalencia humana, Figo, que tiene 11 años de edad, ha vivido unos 64 abriles, lo que sugiere que ya se adentra en la vejez. La cuenta, es bueno aclararlo, no es esa socorrida multiplicación «por siete» que casi todos creen. Y a sus 64, cuando debía dejársele en paz leyendo en el periódico las crónicas de su amigo, a este perro le han hecho pasar por trances inimaginables.

Primero lo trajeron a casa por un día y pico, para «hacer aquello» que ustedes imaginan, a una perrita, dizque salchicha y señorita ella, en su celo inaugural. Y Figo, sin saber del asunto —porque nunca había encontrado una buena muchacha de buena familia y talla acorde con sus intereses—, sin haber recibido educación sexual ni tener a la mano un colega de tragos con el que evacuar las dudas, no quiso, no supo o no pudo pasar del intento. ¡Debe ser triste no poder hacer su papel de perro! ¡Después —me confesó compungido— vinieron mil «ladradurías» por ahí!

Aquello lo deprimió, según me dijo desconsolado, pero aun sin recuperarse del golpe, resulta que Kathelyn trajo a casa un cachorro loco, chau chau nada menos, que le hace la vida imposible a nuestro anciano.

Cristiano (Ronaldo), que así se llama el nuevo inquilino, no respeta la solemnidad de mi amigo ni sus años de antigüedad laboral y roba impunemente su comida, le muerde la cola, le ataca el hocico y rompe su siesta como si tal cosa. En fin, que a pesar de sus nombres, no creo que Figo le pase la bola al nuevo delantero.

Aunque sus bautismos tengan idéntica inspiración futbolística y similar origen portugués, no veo un espíritu de equipo entre esos dos. De hecho, si fueran a Brasil en este junio, seguramente uno de ellos le anotaría autogol al otro con tal de fastidiarle el juego.

En cambio Figo y yo sí tiramos la Brazuca a la misma portería. Se lo he dicho: si un día me fuera del barrio, él sabe que, así viejo como está, es libre de olfatear mi ruta e ir a mi casa a tomar una ducha, a filosofar un poco, a repasar los manuales para un eventual segundo intento con aquella muchachita color café o a tomar una clase de «can-fu» para enfrentar en un duelo a ese loco adversario que crece por minuto con ínfulas de Balón de Oro. Siempre se lo he dicho en tono de compadres, con mi pata derecha sobre su hombro:

—Dime sin pena, Figo, que para eso están los amigos.

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