Retorno a la «harakrítica»

Autor:

Yoerky Sánchez Cuéllar

Cuentan que un día cierto dirigente del Partido preguntó en una asamblea a un funcionario las causas de un incumplimiento. Puesto de pie, el señalado aseguró que le faltó trabajo y control y que merecía todos los regaños: «¡Por eso me autocritico delante de mis compañeros!». Fue entonces cuando el cuadro, quien escuchaba pacientemente, le respondió: «No has medido bien las consecuencias de tus actos; así que no te autocritiques: ¡autobótate!»

En Cuba existen todavía quienes pretenden cubrir sus errores con supuestos harakiris, sin analizar las afectaciones derivadas de su actuación. De esa manera, asisten a reuniones, piden la palabra y después de echarse la culpa de los problemas se van tranquilos a casa, porque «nadie me tuvo que señalar nada, yo mismo dije todas mis deficiencias».

Las fallas pueden ir desde la afectación a los servicios en una unidad gastronómica hasta la baja producción de alimentos por falta de planificación u otras incongruencias. Detrás de las justificaciones casi siempre viene el susodicho «yo me autocritico». Y así continúan dañando al pueblo y al patrimonio nacional hasta que llega alguien que les pone freno.

Desde su sección Limonada, en Juventud Rebelde, Héctor Zumbado abordó este asunto hace ya más de 40 años. Comentaba entonces que «la “harakrítica” es una invención criolla. Una especie de síntesis folclórica del harakiri y la autocrítica».

Quien la practica, según Zumbado, reconoce inmediatamente su error, nunca discute. Se autoaplasta abiertamente, sin piedad. Hace un esfuerzo para que el rostro refleje seriedad, sinceridad, complejo de culpa y arrepentimiento. Apela al sentimentalismo y busca justificaciones de todo tipo. Pero siente «en lo más íntimo —sin reflejarlo, por supuesto— la posibilidad de que el error se repita».

Debemos saber deslindar la autocrítica exacta, la que se realiza de modo responsable y sin vanas excusas, de aquella que, convertida en pretexto, enmascara el inmovilismo con el único objetivo de salir incólume ante la mirada pública.

De manera oportunista, algunos autoflagelados aprovechan la práctica de «pasar la mano» o «tirar la toalla» que corroe el desarrollo pleno y mucho daño causa a los procesos productivos y sociales. En el fondo están convencidos de que la única forma de evitar una crítica justa está en sostener una falsa autocrítica.

El peligro mayor radica en que esa actitud se convierta en cotidiana, con la anuencia de jefes y subordinados. Entonces el problema se torna noria interminable, mientras se llegan a olvidar las secuelas del error y solo se escuchan débiles alegatos como cartas de presentación.

Frente a estos hábitos, habrá siempre que recordar a Ernesto Che Guevara, cuando expresó en su artículo El cuadro, columna vertebral de la Revolución, que debe exigirse la responsabilidad de los individuos por sus actos.

Nadie está exento de equivocaciones porque ninguna obra humana es perfecta. Y en el bregar diario por la vida vamos dando tropiezos, eligiendo sendas, rectificando los tiros… Sin embargo, para que los obstáculos no nos venzan, el rumbo final sea el correcto y finalmente demos en la diana, hay que estar dispuestos a reconocer los errores, con responsabilidad. De lo contrario, seguiremos repitiéndolos, hasta que la carga sea demasiado pesada y nos derribe.

Esta idea, que resulta válida en el plano personal, asume mayor relevancia cuando se extrapola a todas las dimensiones de la vida económica y social de un país. Al parecer, el funcionario al que se llamó a capítulo por sus constantes excusas no había leído nunca a Héctor Zumbado.

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