¿Ausencia?

Autor:

Roberto Díaz Martorell

Aunque la ausencia de pruebas no es prueba de ausencia, omitir parte de una historia puede influir en que quede incompleto el conocimiento que se quiere transmitir o perpetuar por su importancia, interés o pertinencia.

Resulta vital que ciertos elementos de la historia estén completamente al alcance de las nuevas generaciones, especialmente si constituyen pieza esencial para conservar la memoria, las raíces, cultura e identidad.

Recientemente, un reporte del telecentro Isla Visión narró incidencias de la visita de un grupo de jóvenes a la Isla de la Juventud. Tras completar un recorrido por el museo finca El Abra, en que amablemente fue acogido José Martí a su salida del Presidio Político, una de las muchachas visitantes expresaba cuán sorprendida se sentía por haber descubierto que toda la vida del Apóstol no se circunscribía a La Habana.

Lagunas de este tipo a menudo pueden constatarse por ahí. Lo esencial, empero, es cómo despertar la curiosidad de un niño, adolescente o joven para salvar vacíos similares, ora leyendo un libro, sosteniendo una charla amena o visitando un museo. Y ahí, a mi modo de ver, radica un desafío: el de comprender que al ejercicio de motivar le es consustancial el rigor.

Además de ser una figura universal, nuestro Héroe Nacional es uno de los paradigmas que distinguen a Cuba y a los cubanos, de ahí que alcance otras dimensiones cualquier omisión que se cometa al mostrar a otras personas cuestiones sobre su vida y obra ejemplares.

A partir de ejemplos reales observados, pienso que sería bueno repasar qué datos acerca del Maestro brindan las salas de diferentes museos, y si falta información valiosa gestionarla con las instituciones que la atesoran y así ofrecer el conocimiento de un modo más completo.

Volviendo a lo ocurrido con la joven que motivó este comentario, quiero compartir con los lectores que el museo finca El Abra es un sitio privilegiado para los habitantes de la Isla de la Juventud, por ser el lugar donde vivió José Martí desde el 13 de octubre hasta el 18 de diciembre de 1870, antes de su deportación hacia España el 15 de enero de 1871.

Es cierto que Martí llegó a la entonces Isla de Pinos como prisionero y que nadie puede decir con certeza lo que hablaron José María Sardá —catalán, maestro de obras, ex militar español y dueño de la finca El Abra— y Mariano Martí, pero también es verdad que este pedacito de Cuba fue la tabla que salvó al Apóstol de un naufragio y pudo entonces, una vez curadas las heridas, emprender su largo viaje por la independencia.

¿Qué hubiera sido de José Martí de continuar en presidio? ¿Hubiese podido aquel joven sobrevivir a los rigores y los maltratos físicos, con su salud tan debilitada, en las canteras de San Lázaro, donde la muerte, el hambre y el abuso eran el pan diario de los condenados que ansiaban más morir que ver la luz del Sol al siguiente día?

Pienso que es justo incluir, en cualquier museo que se acerque a la vida del Maestro, esta parte de la historia que recoge los dos meses y cinco días en los que aquel joven se recuperó de sus heridas bajo los cuidados amorosos de Trinidad Valdés Amador, mulata esposa del catalán, quien figuró entre sus recuerdos más hermosos y cuyo cuidado generó sentimientos de puro agradecimiento, que trascendieron gracias a una fotografía que le envió desde España y en cuya dedicatoria se lee: «Trina, solo siento haberla conocido a usted por la tristeza de tener que separarme tan pronto».

Esa y otras anécdotas interesantes aderezan el entorno casi paradisíaco del museo finca El Abra, una instalación patrimonial en la que todavía viven los descendientes del matrimonio Sardá-Valdés, personas que ayudaron a Martí a recobrar fuerzas y a dejarnos un legado que es estrella y pedestal.

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