Despedida y bienvenida

Autor:

Yuniel Labacena Romero

Con esperanza, con ansiedad, quizá con algo que recuerda el miedo… nuevamente miles de estudiantes se despiden de otro curso escolar. Las puertas de las aulas se cierran y se van a casa con las mochilas cargadas de ilusiones, ideas y conocimientos, pensando en otro curso, en una nueva enseñanza y también en la vida laboral.

Cámaras de video y fotográficas han dejado por décadas constancia de ese momento especial. Atrás quedan jornadas intensas, llenas de felicidad o tristeza. Entre sonrisas y sollozos, viene el agradecimiento al profe, a la familia, al amigo… a todos los que hicieron posible llegar a este día anhelado.

Aunque ya cotidianos, los actos de fin de curso y las ceremonias de graduación, que por estos días retienen la atención de muchos, son sucesos que en cualquier rincón de Cuba llenan de entusiasmo y dicha a maestros, educandos y padres, y que distan mucho de lo que sucede en otras latitudes.

Durante uno, dos, cinco y hasta más cursos se aprende a amar aulas, pasillos u otros espacios y a cada persona que acompañó ese sitio inmenso que es la escuela. A la sazón, es imposible estar sin la alegría de los muchachos del grupo, sin la fraternidad de los maestros y sin ese regocijo que esparcen las cuatro paredes donde recibimos clases. Y otras cosas.

Pero, sin duda, abrazar el título firmado por el rector de una Universidad es de los anhelos más significativos. Mientras imaginamos que el tiempo se ha ido entre las manos, recordamos que fue ayer cuando con «cara de niñitos asustados», muchos llegamos a ese lugar, donde luego de cinco años nos titulamos como licenciados.

Celebramos así el fin de una etapa especial, y llega el momento del adiós. Detenemos las manecillas del reloj y pensamos en aquel maestro que nos enseñó a leer y escribir, en el que nos auxilió con las «malditas» matemáticas, a quien nos demostró que la escuela es sinónimo de aprendizaje, o al que nos abrió el camino definitivo hacia el Alma Máter.

¡Cuántos pensamientos invadieron nuestra mente al llegar a este nuevo mundo con un alto rigor de estudio y disciplina! En nuestra memoria está la fecha en que ingresamos a la academia, llenos de emociones, curiosidades, nerviosismo… Ese día en que entramos al aula y nos sentamos con otros compañeros, sin saber que muchos compartiríamos grandes momentos. Algunos se fueron, otros vinieron durante la carrera, pero todos coincidimos en que conocer las cosas es adaptarse a ellas e, incluso, llegar a quererlas, como nos ha pasado con la Universidad.

Ahora miro a mi alrededor y cada detalle devuelve a mi memoria algún instante feliz o alguna ocasión adversa. Entonces pienso en los maestros a los que no tendré nunca más junto a mí, haciéndonos mejores seres humanos; en aquella aula inmensa, donde se cultiva la sabiduría; en los amigos, que los años ni la distancia apartarán del corazón; en la organización joven más antigua de Cuba (la FEU), con la cual desandé otras rutas.

Recordamos el esfuerzo y la paciencia de nuestros padres en este largo viaje, para llegar a cada meta y por concedernos las oportunidades para ser alguien en la vida. Llega el minuto de las despedidas, de las lágrimas que brotan sin cesar y los abrazos fuertes, el de los recuerdos bañados de risas y el de los días ocurrentes, que añoraremos como los mejores jamás vividos.

La vida es un cambio constante y el paso de una etapa a la otra es, a la vez, doloroso y alegre. Cuesta abandonar ese lecho que fue nuestra alma, sostén y futuro durante varios años, pero sabemos que es necesario. Con el título en nuestras manos asumimos nuevos compromisos ante la vida y la sociedad.

Ahora vamos a crecer, a seguir peleando por nuestras metas y a transformarnos en los hombres y mujeres del mañana. Entonces, este, el de la despedida, es un momento también de alegría, satisfacción, de bienvenida… porque al decir de Martí: «El único autógrafo digno de un hombre es el que deja escrito con sus obras».

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