Los niños más felices del mundo

Glenda Boza IbarraGlenda Boza Ibarra
22 de Julio del 2014 20:40:54 CDT

Yo no sé si fue el período especial, la entrada al nuevo milenio o el santísimo copón divino, pero no puedo quejarme de mi infancia.

Es cierto que casi todas mis muñecas fueron las mismas que mi hermana mayor había cuidado tanto y que unos años antes de yo nacer la mediana de nosotras tres dejó sin pelos, pero fui feliz con aquellas «medio calvas» que nada tenían que ver con las Barbie, aunque de estas otras también tuve.

No sé si fueron aquellos juguetes de «afuera» que mi vecino repartió a los niños del barrio cuando él entraba en los 20; o los muñequitos rusos, que eran de allá, aunque fueran de otro país. No sé qué sería, pero tuve una infancia de la que no me puedo quejar.

En mi barrio, allá en Buena Vista, en Las Tunas, éramos tres hembras y como diez varones. Tal vez por eso siempre bailamos trompos, jugamos a las bolas, a la pelota o a los escondidos, y nunca nadie se atrevió a decirnos «marimachos». Claro, nunca logramos que ellos hicieran el rol de padres cuando nosotras jugábamos a las casitas.

No sé qué fue lo que me hizo tan feliz en mi infancia, pero incluso en los tiempos de apagón diario, la calle tenía constantemente el bullicio nuestro, que lo mismo cantábamos, que imaginábamos juegos, tocábamos en las puertas de las casas para salir a escondernos, inventábamos la mentira más grande o gritábamos consignas durante la guardia pioneril.

Tengo una nostalgia inmensa de aquellos días, porque a pesar de las carencias fueron tiempos buenos y lindos. Incluso, un día, para no aburrirnos, nos dedicamos a contar carros.

Juntos nos íbamos cada día a la escuela Mara, Lisbet, Jaider y yo, aunque ninguno estudiara en la misma aula. En las tardes los muchachos más grandes o los de otras primarias se unían tras terminar las tareas. Esos fueron mis buenos amigos, y ahora, después de mucho tiempo sin vernos, todavía lo son.

Aquellos fueron días en que no nos preocupaba la caída del muro de Berlín, ni la desintegración de la URSS o la llegada del período especial. Nuestros padres siempre se las ingeniaron para hacernos felices y propiciar que creciéramos bien, y en la escuela nada cambió, aunque no llegara la misma comida o ya no hubiera tantos juguetes. Seguimos siendo alegres en nuestra ingenuidad y no se acabaron en mi casa las diversiones en las tardes de domingo.

¿Cómo olvidar entonces los aros llenos de piedrecitas que, al bailar, sonaban, o los balances o sillones que se deshicieron para que tuviéramos «suizas» que saltar, o aquellos papalotes forrados con papel periódico? Aunque no hubiera todo, no faltaba nada para que estuviéramos contentos.

Y sé que a su modo los «chiquillos» siguen siendo alegres hoy. Aunque el trompo, las bolas y pelotas, algunos los hayan cambiado por Nintendos, juegos de computación y hasta celulares.

Los tiempos han cambiado, y los niños también. Ya desde mis casi 30 y a más de una década apartada de esas diversiones infantiles —aunque todavía me apasionen los muñequitos—, descubro a diario que algo no se altera: son los infantes una prioridad en Cuba, y cada cosa se hace pensando en su bienestar, en su crecimiento sano, en su futuro.

Por eso dentro de esta isla caribeña, los payasos llegan hasta los hospitales, los alumnos van armados de amor a cada día de clases, la discapacidad no impide una sonrisa.

Yo tuve una infancia de la que no me puedo quejar, porque nací en este país, un lugar donde los niños lo tienen todo para ser los más felices del mundo.

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    1. 1

      Made - 23 de Julio del 2014 11:28:49 CDT

      Felicito a la autora de este artículo y aunque yo ya era más grandecita cuando el período especial y no jugaba ya con muñecas porque tenía mucho que estudiar, concuerdo con la autora en que, no importa la época que nos tocara vivir, los niños en Cuba siempre han sido y seguirán siendo los más felices del mundo. Felicidades, Glenda.

    2. 2

      angel - 23 de Julio del 2014 12:32:34 CDT

      Glenda, continúa con esa belleza al escribir, Lindo artículo, al igual que los dedicados a Dorticos y a la heroína del Moncada.

    3. 3

      Katniss - 23 de Julio del 2014 13:13:44 CDT

      Si, Glenda... La ingenuidad de la niñez sobrevive .. a todo? Al menos, a las carencias materiales... En mis años de mision trabaje en aldeas rurales de Africa donde no faltaba la escuela gratuita pero donde no habia autos que contar... ... Los niños juegan con carritos rusticos que les hacen sus padres, hechos de alambre y latas viejas de refresco... Esos son los que tienen suerte, a los mas les toca revolcarse en la tierra y/o cuidar de los hermanitos como unico entertenimiento... sin embargo, ya sea en su humilde escuela o en su remendada casa sin agua corriente, estos niños sonrien eternamente... Es decir, si los niños sonrien, todo está bien?... Yo creo que no.

    4. 4

      Lola - 23 de Julio del 2014 20:01:10 CDT

      Que bien se ve que no has viajado a otros países compañera Glenda. No dudo que los de nuestro país sean felices, pero tienes que viajar para que veas que felices son los demás también.

    5. 5

      Andrés - 25 de Julio del 2014 12:40:02 CDT

      Buena crónica Glenda. Yo también tuve una infancia feliz. Y eso es difícil de decir de un país n las condiciones de Cuba. Mi infancia fue en los 80, y después me tocó la adolescencia temprana y tardía en el medio del período especial. Fue como una expulsión del paraíso. Ahora vivo hace mucho tiempo fuera de Cuba, en un país mucho más próspero económicamente, y no me da la impresión que estos sean más felices que nosotros. Cuando creces en un sitio dónde tu felicidad depende del tamaño del bolsillo; ó de tu estatus, entonces se comprende mejor lo que significa haber crecido en un país de persuasión socialista como Cuba, dónde la felicidad no se pone en función de lo que tienes. No importa cuánto puedan tener los niños por acá (y tienen bastante, deberías ver la tonelada de juguetes de mi hija; y nosotros somos gente normal, sin riquezas extra), los niños en Cuba fueron y son los reyes de la casa; y eso lo percibe hasta el niñito más pobre en la isla, lo cual le permite crecer con conciencia de su propia valía, más allá de sus posesiones materiales. Eso es un logro de la revolución cubana, a toda honra.

    6. 6

      Playno - 31 de Julio del 2014 3:01:20 CDT

      Que tiempos aquellos!!! 50-60 personas agrupadas para ver la novela en el único televisor con baterías del barrio, lo tenían que sacar para el portal de la casa; mi abuelo yo monte adentro buscando ramas secas para cocinar; mi mama llorando en la casa porque el fogón no encendía; mis viajes a pie con solo 10 anos hasta la finca de unos parientes a buscar una botella de puré y unas pocas viandas; recuerdo cuando deje de salir los sábados en la noche por falta de zapatos, así murió el gran bailador que siempre pensé tenia dentro, y ni hablar de como todos mis amigos poco a poco se fueron del país, y ya no son tan amigos, que nostalgia del Periodo Especial!

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