Un criollo en casa de Carlos Marx

Autor:

Graziella Pogolotti

Refugiado en Londres, sumido en la pobreza, Carlos Marx redactaba El Capital. Acudían a visitarlo socialistas europeos, impregnados a veces de influencias utópicas o anarquizantes. Con apenas 24 años, un mulato santiaguero sediento de conocimiento, se convirtió en asiduo. Quedó prendado de la hermosa Laura, tan parecida a su madre, Jenny de Westfalia. Con exuberancia tropical, se lanzó a un rápido asedio amoroso. Estaba transgrediendo las normas de la Europa del siglo XIX. Marx estableció las reglas del juego. Exigió al joven que terminara sus estudios de Medicina antes de formalizar las relaciones.

Pablo Lafargue procedía de una familia de emigrantes. Portador de un mestizaje múltiple, además del componente negro, recibió por vía materna algo de indio y de hebreo. En la Cuba colonial, su talento precoz tendría vedado el acceso a la educación superior. Poseedores de algunos recursos, los padres optaron por instalarse en Burdeos, Francia, cuando el muchacho había cumplido ocho años. Lafargue nunca regresó a su ciudad, pero algunos rasgos de personalidad sobrevivieron al trasplante. Observador perspicaz, Marx lo apodó «el Criollo». No fueron tan solo formas de comportamiento. Su modo de leer los acontecimientos de la historia, original en más de un aspecto, difería de la visión de sus compañeros socialistas, centrados en los conflictos del Viejo Continente. Sin profundizar en el tema, percibía la importancia del problema colonial. Volvió la mirada hacia África, pasto de las ambiciones de las potencias de entonces y no olvidó nunca la marca infamante de la esclavitud. A la luz de nuestra contemporaneidad, sus textos parecen sorprendentemente premonitorios. Es probable también que sus antecedentes le afinaran la sensibilidad ante las injusticias prevalecientes en la sociedad. Se entregó a la lucha en el campo de las ideas y en el de la práctica concreta. Padeció cárcel, persecución y una miseria que le fue arrebatando, uno a uno, la vida de sus hijos. Ofrendó al batallar político un indiscutible talento literario.

La prosa de Lafargue delata el gozo de escribir, la necesidad de hacerlo para comunicarse con el destinatario que le interesa y el apetito omnívoro por asimilar críticamente lo esencial de la producción científica y literaria de su tiempo. Su formación en el liceo francés lo familiarizó con la tradición clásica grecolatina. Su paso por la escuela de Medicina lo familiarizó con las ciencias naturales de la época, desde Darwin hasta Cuvier. El vínculo con Marx lo inició en las tendencias dominantes en la economía, incluido el análisis del liberalismo dominante. Compartió con los Marx la fascinación por Shakespeare y Cervantes. Leyó también a sus contemporáneos. Mantuvo una relación ambivalente con el romanticismo. Simpatizó con el espíritu renovador y antiacademicista. Fue implacable con Víctor Hugo, motivado por el interés político en destruir la leyenda del gran patriarca, voluble como es sabido en este orden de cosas. Vio en Los miserables la exaltación del filantropismo burgués, adormecedor de inquietudes revolucionarias e intuyó la maniobra de la clase dominante al apropiarse de la popularidad del escritor mediante honras fúnebres espectaculares. Compara con agudeza a Balzac y Zola. Irónico apunta sumarísimas investigaciones de la realidad social emprendidas por el autor de Naná y su escuela naturalista, a la vez que reconoce su penetración al develar los mecanismos del capital financiero en A la felicidad de las damas y al hacer de Germinal la representación mítica del poder devorador de hombres. Su oído refinado de escritor, más que su dominio científico en esta área, lo lleva a considerar la fuerza transformadora del habla y las repercusiones de la Revolución Francesa en un idioma aprisionado desde el siglo XVII por la dictadura de la Academia.

El talento del narrador conducía la mano de Pablo Lafargue al abordar los temas más áridos. El paso del comunismo primitivo por etapas sucesivas hasta llegar al capitalismo atrapa al lector como un relato apasionante. Conceptos bien conocidos se visten de novedad por el ritmo de la historia contada y el empleo de imágenes concretas tan sugerentes como fórmulas de un audiovisual contemporáneo. Lo deslumbrante en Lafargue deriva de su sorprendente modernidad por la vivacidad del estilo y aun por la picardía subyacente y desprejuiciada en sus comentarios sobre las relaciones de poder y los intercambios sexuales durante el matriarcado.

Adelantado de su tiempo, su ensayo más recordado es el Estudio sobre la pereza, provocador y disfrutable, valioso en gran medida por la perspectiva abierta hacia la concepción más profundamente humana de un proyecto socialista. Paradójico en apariencia, se opone a la consigna centrada en el reclamo por el derecho al trabajo. Es un justo reclamo, irrenunciable peldaño en el batallar reivindicativo ante el desempleo, el crecimiento de los ejércitos de reserva laboral y su efecto en la degradación de los salarios. Implica la defensa del pedazo de pan para la supervivencia mínima. Estudioso de la Revolución Industrial en Francia y en Inglaterra, cuando los obreros estaban sometidos a jornadas de 12 horas sin margen suficiente para reponer fuerzas, apunta que la sobreexplotación afecta la productividad y que una utilización más racional del tiempo ocupado beneficia a los patronos en términos de rentabilidad. Su mirada trasciende el racionalismo económico. Intuye que el propósito último de la transformación de la sociedad, meta siempre vigente, se encuentra en el logro de la emancipación humana. Indispensable resulta hallar solución para las necesidades elementales y lograr una más justa distribución de la riqueza. Habrá de hacerse a favor del crecimiento pleno del espíritu de los hombres y las mujeres, único modo de acceder a la libertad, rotas las cadenas que sujetan a las distintas formas de esclavitud, bajo el dominio del amo o de poderes abstractos monopólicos y transnacionalizados, fenómeno cuyo germen percibió con ojo precursor. En la formulación de un socialismo del siglo XXI, las ideas de este inquieto mulato santiaguero, mensajero del Tercer Mundo mucho antes de que se definiera el concepto, deben estar presentes. Transmitida quizá por sus padres, la memoria del coloniaje dio sello propio a su comportamiento, su estilo y su modo de pensar. La muerte frustró en Carpentier la idea de consagrarle una novela. Pudo dejarnos tan solo el boceto de unas pocas páginas. De haber vivido en el siglo XIX, me hubiera enamorado perdidamente de Pablo Lafargue.

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