¡Aquí no se rinde nadie!

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

Hay fechas que son imposibles de olvidar, pues golpean la memoria cada vez que el calendario anuncia la llegada. Y justo en estos días se me antoja rememorar el 11 de septiembre de 2009, una jornada arropada de sentimientos intensos que, sobre todo, me demostró cuánto dolor significa perder un hijo, un padre, un amigo…

Me encontraba a la sazón, por vez primera, en Santiago de Cuba, ciudad que me encandiló con tanta belleza y olor a historia —aún lo hace con el sabor del recuerdo de mis cuatro visitas a ella y una que se avecina.

Acaso fuese obra de la casualidad, pero la majestuosa provincia oriental me dio la bienvenida con todas las luces y pompas que yo, una simple mortal, no creo merecer. Ella me llevó de la mano al pasado. Se me heló, entonces, el cuerpo al sentir la fortaleza del Moncada, el respeto que inspira Santa Ifigenia y la magnificencia del parque Céspedes. Nada, en cambio, fue tan fuerte ni me sumió en shock como cuando supe que uno de los más grandes hombres nacidos en esta isla había emprendido su postrer viaje.

Santiago se paralizó como lo hizo el resto del país. Nadie daba crédito a la noticia: «El Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque falleció en La Habana a las 11:30 de la noche del 11 de septiembre, como consecuencia de un paro cardiorrespiratorio».

Recuerdo que escuché esas palabras cuando me alistaba para recorrer, en mi penúltimo día de descubrimiento, a la Ciudad Heroína. El resto de los amigos que allí nos habíamos conocido nos miramos atónitos, sin atrevernos a murmurar nada. El silencio apagó la algarabía del grupo de jóvenes.

Mas era imposible imaginar que al sobrecogimiento le sucedería el asombro. Ocurrió solo minutos después, cuando «tomamos» las calles empinadas. De todos los rincones se unían santiagueros llorosos, con flores en las manos, cuyos rostros reflejaban que no se resignaban ante la noticia.

Era un mar de pueblo que nadie convocó. Todos, por su propia cuenta, decidieron honrar al hombre que aprendió a amar entrañablemente a ese terruño montañoso, donde combatió a las fuerzas de la tiranía y posteriormente trabajó al frente del Partido, como Delegado del Buró Político en la antigua provincia de Oriente.

Juan Almeida Bosque se ganó el cariño y respeto del pueblo por toda su labor con los más humildes, desde que estrechó los lazos con los jóvenes de su época e integró las filas de la generación que vindicó al Apóstol en el centenario de su nacimiento.

El dolor había echado a volar los recuerdos de aquellas jornadas en que organizó y dirigió el Tercer Frente Oriental Mario Muñoz Monroy, insertándose en ese paraje que parecía despojado de los adornos de la capital, su cuna original.

Fue un hombre que pese a su entrega y responsabilidad con la Revolución, antes y después de su triunfo, jamás limitó su sensibilidad para el arte. Como un verdadero artista, supo hallar sus musas y llevarlas al papel en forma de canción y literatura. Más de 300 melodías y una docena de libros nacieron de su virtuosismo.

Escribir, hablar, pensar en cuánto hizo el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque es empeño que trasciende una hora, un día, un espacio, y que invita a rememorar diferentes contextos históricos de la historia patria. Equivale a redescubrir a un ser que desde la más sencilla humildad se ganó el corazón de un pueblo.

A pesar de que ya transcurrió un lustro desde aquel 2009 —año imborrable para mí por muchas razones—, tampoco olvido que el domingo 13 de septiembre, de regreso a mi Sancti Spíritus querido, divisé en cada ciudad y poblado el homenaje de reconocimiento y cariño a la memoria de Almeida.

Al llegar a mi destino, la terminal yayabera estaba desierta. A pesar de la promesa hecha, no me esperaban. Mas no me molesté: sabía que era imposible. Me despojé inmediatamente del equipaje y me uní también a la despedida. Era mi deber, como el de todo hombre y mujer buenos.

Aún tengo mis deudas sentimentales con el autor de La Lupe. Quién sabe si en mi próxima visita a Santiago pueda saldarlas. Pero anhelo visitar el Mausoleo del Tercer Frente Oriental, donde el legendario héroe prefirió compartir el descanso eterno junto a su querida tropa. Allí le susurraré que aún sigue vivo su anhelo: «¡Aquí no se rinde nadie!».

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