El largo etcéteraaa…

Autor:

Nelson García Santos

Una de las expresiones más populares en la tribuna de la calle asegura que todo es «más de lo mismo», y es utilizada para sugerir desparpajo. O lo que es igual, los problemas de siempre, entronizados hasta el tuétano.

Pero, ¿por qué ocurren, una y otra vez, los idénticos desaciertos que, como latigazos, sorprenden a la gente, sin una solución definitiva?

Quizá la respuesta exacta está en que han dedicado mucho tiempo a tratar de convencer, a recabar, con mano de seda, el acatamiento de las disposiciones, en vez de aplicar aquello de «a Dios rogando, y con el mazo dando».

Craso error dejar solo a la conciencia de cada cual el cumplimiento, incluso, hasta de las normas más elementales de convivencia.

Y los funestos resultados hace rato que están a la vista: empleo indiscriminado de maduradores para las frutas, reguero de excremento de perros en las calles, aceras utilizadas para lo que se le ocurra a cada cual, basura tirada dondequiera, griterías en medio de la madrugada, gente que orina donde mejor le place, estafas en cualquier mercado, adulteración de mercancías, rejas que abren hacia el espacio público, y un inmenso etcéteraaa...

Mucho ha tenido que ver en la proliferación de estos hechos y otros de mayor monta la benevolencia, junto a convertir, a veces, en letra muerta las mil y una disposiciones legales, mientras paradójicamente hemos sido amplísimos en normar todo lo que ocurre bajo nuestro cielo.

En realidad, a estas alturas hace falta, sin más dilaciones, pasar de la denuncia y la exposición de los problemas que aquejan a nuestra sociedad, a solucionarlos. Y, en primerísimo lugar, hay que hacer cumplir las disposiciones legales sin extremismos, pero sin admitir desacato.

Tampoco resulta una cuestión de coser y cantar, tras años de indulgencia en que muchos se acostumbraron a hacer y deshacer con impunidad.

Quizá la revelación más palpable de que ahora sí se van a enfrentar sin titubeo las ilegalidades, lo muestra el programa de reordenamiento territorial y urbanístico.

Este se sustenta en la simple filosofía de que para revertir la situación de desorden, no piden a los ciudadanos que cumplan la ley, sino que proceden de manera decidida contra aquellos que la quebrantan.

La fórmula, sencilla pero tajante, resulta muy trascendente, porque una sociedad en la que no se respeten sus leyes va, de forma inexorable, por mal camino. Y este descuido puede costar muy caro. De ahí que el acatamiento debe ser regla y nunca excepción.

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