El filo de Oscar Loyola

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Como Pablo de la Torriente Brau bromeaba sobre el museo que guardaría la lengua de su hermano Raúl Roa, ahora mismo en la Universidad de La Habana, en el gremio de los historiadores cubanos y en aulas dentro y fuera de Cuba debe estarse discutiendo en qué sitio patrimonial se colocará la espada con la que el profesor Oscar Loyola cortaba el aire a su paso.

Porque si martianamente la palabra es bálsamo para curar, la de Loyola sanaba con el oportuno tajo de la modorra, de las cuadraturas mentales y de esos hedores solemnes que tanto inflaman muchos discursos panfletarios.

Oscar, el profesor Loyola, el Doctor en Ciencias Históricas y presidente de la Comisión de Grados Científicos de Ciencias Sociales de la tricentenaria casa de altos estudios, podía moverse de la encumbrada academia a su barrio bullanguero de Centro Habana con la misma ductilidad con que su admirado General en Jefe Máximo Gómez dirigía una sencilla escaramuza de tropas.

Hablando del venerable dominicano, pocos en Iberoamérica deben conocer tanto de él como este maestro de la UH, émulo del estratega en delgadez y mirada austera, y con tanta bondad en el pecho como el Generalísimo. Había que oírlo disertar tan solo 20 minutos sobre las luchas independentistas del siglo XIX cubano, para ya querer irse a cruzar trochas, enlazar invasiones, vencer a puro machete el plomo peninsular.

Algunos le reprochaban que había escrito poco, que debía dejar más de sí en los papeles, porque al verbo —ya sabemos desde los griegos— se lo lleva el viento. Pero él, que escribía profusa y bellamente, que legó decenas de artículos científicos y algunos de los manuales de Historia que habrá que consultar una y otra vez, era, sin embargo, un hombre de la oralidad, un tribuno incisivo que solo se hallaba cómodo en la ráfaga, en el turbión de los imbatibles, en el nervio salvador de los que juntan.

Imán. Eso tenían sus oraciones, y su mirada, y su auténtica forma de evaluar, buscando siempre lo genuino del criterio, el sentir sin máscaras del alumno y no la repetición acrítica de parrafadas insufribles. Se le respetaba y se le quería porque uno sabía que aquel temblor de sus manos era patriotismo del verdadero, no del que cuelga a veces de viejos murales.

En Juventud Rebelde lo tuvimos, entusiasta y certero, como jurado de un concurso en el que los lectores contaban qué pasaje de la historia nacional los emocionaba más. En la Facultad de Comunicación, en brigadas de la FEU del país entero, en los círculos de abuelos, entre combatientes, constructores, amas de casa… donde lo llamaran para repartir su erudición, iba Loyola como quien cuece pan y es incapaz de comerlo solo.

Y ahora, ahora me dicen, y leo, y oigo por la radio y la televisión, que un auto, al frente de la escalinata que lo abrazó por 43 años, le cortó el ímpetu a este conquistador de ideales. Y digo una palabra de las que no me publicarían. Y pienso entonces en sus cientos de anécdotas que ya son patrimonio —como las de Roa— de generaciones de alumnos. Como aquel diálogo, tal vez apócrifo pero delicioso, que sostuviera con un encumbrado personaje de la dirección universitaria:

—Buenas, yo soy el Doctor Fulano de Tal, Jefe de Mas Cuál Cosa.

—Y qué mi socio, yo soy Oscarito.

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