El pensamiento a caballo

Autor:

Carlos Rodríguez Almaguer

Caía la tarde del 18 de septiembre de 1892 sobre Santo Domingo de Guzmán, la ciudad primada de América. Un jinete solitario avanza por las polvorientas calles y detiene su caballo frente a la célebre Casa de San Pedro, en la calle Mercedes. Aquí se hospeda. Era un poeta y pensador cubano, tenía 39 años y venía de la ciudad de Nueva York.

Sin sacudirse el polvo del camino, se va derecho a la casa de un gran dominicano: Federico Henríquez y Carvajal. Con don Federico y su hermano Francisco, visita el Instituto de Señoritas. Conoce personalmente a un viejo amigo de letras, José Joaquín Pérez, aquel a quien llama «el abanderado de los poetas dominicanos».

El 19 visitará varios espacios de la ciudad que encantan su gusto exquisito por la belleza. A las cuatro de la tarde visita la primera Catedral de América. Por autorización del Gobierno del presidente Ulises Hereaux le son mostrados los restos del Almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón. Al comentarle uno de sus acompañantes la negativa de España a reconocer en esos restos los del navegante genovés, a pesar de las pruebas mostradas, dicen que comentó: «Así es siempre España: negada a la evidencia».

A las nueve de la noche comenzó la velada que en su honor celebró la Sociedad Amigos del País. Varios oradores hicieron uso de la palabra, elogiando en el visitante las virtudes que le habían procurado el mérito que lo precedía a todas partes, pero por encima de todas, la de haberse entregado en cuerpo, alma y espíritu al logro de la independencia de su patria oprimida. Su amigo Federico Henríquez lo presentó a la concurrencia con estas palabras: «Este que veis aquí, huésped de amor de la Ciudad de Ozama, bienvenido y, sin duda, bienhallado, es el cubano clarísimo hacia el cual convergen ahora —como hacia Aguilera y Céspedes en vísperas del decenio heroico— los anhelos y las esperanzas de los adictos a la causa revolucionaria de Cuba. ¡Es José Martí! (…) Vais a oír la divina palabra del sembrador, del Apóstol, anunciadora de la buena nueva y promisora de la tierra redimida... ».

Varios dominicanos generosos emplearon la tribuna para expresar no solo su respeto y cariño al visitante, sino su deseo profundo de ver a la isla hermana libre e independiente, dueña de su propio destino.

Entre los oradores de aquella noche estaba el insigne escritor Manuel de Jesús Galván, autor de Enriquillo, la célebre novela americana reveladora de las luchas de los pueblos originarios de las Antillas contra el dominador europeo, y la que tanto admiró y ensalzó el Apóstol cubano. Galván, amigo viejo de Martí, al hacer alusión al esfuerzo en el que el poeta cubano había empeñado su vida, grabó para la historia en letras luminosas la expresión que no olvidó jamás el jardinero de la rosa blanca: «He aquí lo que faltó a la América hasta ahora: el pensamiento a caballo».

En la media noche, acompañado de algunos amigos, baja hasta la ribera del río Ozama para embarcarse a bordo del velero Lépido rumbo a Barahona, adonde llegará la tarde del día siguiente. De ahí, dirigirá sus pasos un día después, y otra vez a caballo, hacia la vecina república de Haití.

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