A quejarse a la dirección

Autor:

Mayra García Cardentey

Con la actitud desafiante y un dedo pulgar que incitaba a la trifulca, sonsacó aquella interlocutora con semejante frase: «Si no te gusta, protesta. Las quejas al delegado».

Recrear la escena y el lugar resultan, por demás, un contexto trillado y repetitivo: un mal servicio, y la correspondiente exigencia de derechos por parte del cliente. El hecho queda multiplicado en varios espacios: restaurantes, cafeterías, servicios de transporte, instalaciones variadas…Pocos quedan exentos de verse ante un fenómeno de este tipo. Lo que en realidad consterna es semejante actitud de quien debe procurar una postura ética y de prestancia.

Por supuesto, y sobra decir, que protesté, con la autoridad competente, ante quien debía tomar las decisiones. «En la oficina del director», como incitó, belicosa, la vulgar empleada.

Al mejunje de la situación se unió una frase de mi acompañante que, sin quererlo, confabuló con la reprochable postura: «A la mayoría ni nos escuchan. No importa que patalees; todo queda igual».

Pero de casos y cosas está hecho el mundo… y Cuba también. En medio de una sociedad con todos y para el bien de todos, respuestas como la de la empleada deben ser irrepetibles o al menos bien reprensibles.

La mayor de las responsabilidades la tenemos nosotros mismos. En ocasiones soportamos, pasivamente, los malos tratos, cuestionables servicios, actitudes denigrantes… La necesidad nos ha hecho parir hijos machos, y algunos se conforman con la corriente: «Para qué las quejas, si poco se resuelve».

Y te sirven menos del gramaje, y te irrespetan en la guagua, y te dan el refresco caliente, y te cobran de más, y te maltratan en un servicio que es una conquista de la Revolución, como si solo se tuvieran deberes y nulos derechos que exigir, cual si los productos y prestancias no fueran bien pagados ya sea por bolsillo propio o presupuesto estatal, que sale igual de las arcas del pueblo.

A la sazón, están los administradores que apañan a los malos empleados, los directivos que «salvan» las polémicas formas de sus subordinados, y algunos ciudadanos no confían, no discuten y optan por la actitud de los tres monos sabios (no ver, no oír… callar)

La población asume, por momentos, una posición de tranquila resignación,  ante la transgresión de sus haberes, inamovible ante la violación de derechos ganados con mucho sudor.

Ante tal arraigo perverso de no tomar trabajo en requerir respuestas, inclusive, los que «claudican» y alzan la voz, son ubicados por veces en esa «desagradable especie» de los «protestones», los ridículos, los buscaproblemas. Tal parece, bajo tales eventos, que reclamar lo merecido es herejía.

Los oportunistas también tienen lo suyo, y aprovechan la premura, la carencia, la necesidad de las personas, y las instan desafiantes a la queja, cuando incluso hay momentos que «es eso o nada».

Todavía recuerdo, entonces, aquella frase malsana e irrespetuosa de la empleada, que incitaba, cual trabajadora inmune, a protestar «si me daba la gana». No sé si la mitad de las veces valga la pena, si las respuestas serán las adecuadas o si las medidas oportunas, pero yo, me quejo… y bien.

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