Que no falte un imperdible

Autor:

Liudmila Peña Herrera

El bebé en su coche, en medio de la sala, indiferente a los trajines de la casa. La familia en susurros: la madre disimulando las ojeras, la abuela preparando té de anís «pa’ que la leche baje», y el perro triste y condenado a la soledad del patio.

Ella se entretiene en sacar las frutitas alcohólicas del aliña’o, mientras alguien le pregunta, sin la menor de las discreciones, cuándo «encarga» por fin, como si la maternidad fuese una cuestión de planes demográficos, o de un mandar a buscar una semillita y calcular el mejor período de siembra. Mira al esposo con complicidad, intenta sonreír y sigue con las frutas.

La indiscreta molesta otra vez con el asunto de la edad y que si demasiada espera coge a los padres cansados, a los abuelos más viejos y un bla-bla-bla que la muchacha no soporta más, aunque calla. La otra se levanta, va al cuarto y aparece de vuelta con un bolso de nailon repleto de ropas, medias, biberones, juguetitos de goma que chillan para llamar la atención del bebé.

«Este conjunto de pantalón y pulovito vale cinco CUC, y estos biberones, tres cada uno, y las mediecitas son baratas: 45 quilos nada más. ¡Ah, y el coche sí que lo mandamos a buscar afuera, porque los buenos de verdad aquí valen casi cien CUC!», dice la mujer con cara que une dos gestualidades: la del sacrificio económico y la de la «chochera» de tener todo eso que el bebé usará muy poco, porque enseguida crece y no vale casi de nada todo el gasto que ha hecho la familia para que no falte ni un imperdible.

Después pasan a explicarles lo que cuestan una cuna y el mosquitero, la talquera, los pañales desechables —que la mayoría no desecha, sino que destripan y después vuelven a usar rellenos con gasa—, el champú infantil, las sábanas repletas de dibujos de animados que el bebé no entiende, pero un día, cuando los mire, sabrá que sus progenitores quisieron hasta los mejores «muñequitos» bordados para él.

Son interminables los recursos que necesita un niño pequeño y cada día la industria inventa novedosos elementos para ahorrar trabajo a la familia e incrementar el bienestar del pequeño: biberones-termos, guantes para que no se hagan daño con las uñas, mecedoras para tenerlos a la vista en cualquier parte de la casa... Y la familia va cayendo en la moda de tener hasta lo más mínimo y de enseñarlo para que los futuros padres aprendan lo que no debe faltar.

«¿Y todo eso lo dan por la Canastilla?», pregunta el inocente esposo, el mismo al que ya le han colgado el cartelito de «candidato a papá» e instantáneamente las mujeres se echan a reír. ¿En la Canastilla? —dice la indiscreta—. Niño, ¿tú no sabes que ya por ahí no venden prácticamente nada? El muchacho calla; la madre primeriza le da unas cuantas palmaditas en la rodilla y promete que si les nace un varón ella les va a guardar todo lo que «se le quede a su bebé».

La muchacha pugna por sacar la última fruta del vaso y, medio atolondrada por los efectos del alcohol, pregunta los detalles del parto, cómo lleva las responsabilidades, qué piensa hacer con el trabajo, si empezará antes o esperará todo el año de licencia. La otra le explica que no duerme, que siente temores cada vez que el bebé llora, que no sabe si empezará a trabajar antes o después, que le preocupa el tema del círculo infantil y que no ha quedado convidada a parir de nuevo. «Solo si estuviera loca», asegura. También le cuenta la cantidad de veces que ha llamado a un pediatra amigo suyo para que le explique cómo hacer cuando el niño tiene hipo, cuando llora demasiado, si le puede dar un medicamento para cólicos...

La otra sigue preguntando unas cuantas dudas. Después saca un paquetico y se lo entrega. «Para mi sobrino», dice con timidez y la madre del bebé sonríe. El del cartelito imaginario ha quedado callado, quizá pensando en las dulzuras de la paternidad; pero la indiscreta suelta otra vez su chiste desafortunado y le saca los colores al muchacho. «Creo que con tantos detalles y tanto gasto hemos espantado a tu marido. Mijita, te vas a poner vieja sin parir».

El perro revienta la soga e irrumpe en la sala, inundándola de ladridos. El bebé empieza a gritar desconsolado, la madre corre a tranquilizarlo, y la abuela la emprende contra el perro. La pareja aprovecha el escándalo y la confusión para decir adiós y escurrirse en el «mejor momento de la conversación». Afuera, ya a salvo, no hay mucho que decir. «Esperaremos otro poco», expresa el muchacho. Ella asiente y camina en silencio. Es mejor que se le pase un poco el susto para atreverse a «encargar».

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