A diferencia de mi abuela

Autor:

Katia Siberia García

Si no fuera por las acusaciones baldías que colocan a Cuba en alguna lista de violaciones, una podría evitarse el desmentido y darse el lujo de escribir un 10 de diciembre del impuesto sobre las ventas de algunos productos en la red minorista de Comercio o de los enraizados obstáculos que «hacen leña» los intentos de convertir un tronco en mueble, marco o simple materia prima de la artesanía bisutera.

Pero cuando el mundo habla de derechos humanos, Cuba tiene la palabra. Urge hablar del tema que posa ante nuestros ojos o desenfunda recuerdos. Todas las imágenes son, acaso, la fiel estampa, la clara evidencia de saber de qué estamos hablando. Y podemos decirlo, les he pedido... casi les he exigido a mis neuronas este trabajo.

Así, las provoco y las primeras representaciones se ubican 25 años atrás, cuando solo jugaba. No hacía otra cosa. Lo más cercano a la responsabilidad fue, precisamente, jugar a las casitas: fingir que lavaba, fingir que fregaba, fingir que cocinaba... fingir y simular, nada más. Mi abuela, sin embargo, nunca pudo engañarse de ese modo; dice que arrastraba el banquito hasta la meseta de la casa de unos señores y, aun así, tenía que fregar en puntillas porque nueve años no le alcanzaban para aparentar la mujer que tuvo que ser.

Luego pienso en mi escuelita rural. Fueron seis años mágicos en que las perretas más sostenidas se debieron a querer regresar a casa a media mañana, y «el maestro no me deja», le gritaba a mi madre desde una ventanilla. A mi abuela, lo que no le dejaban era ir a la escuela; ese lujo no pudo pagárselo nadie en su familia. Y aunque nunca me ha dicho si lloraba por eso, desde que lo supe, quise tragarme las lágrimas, una a una. Pero entonces ya estaba en la Secundaria Básica y la rebeldía no rodaba por las mejillas.

Me veo, aterrada, seis años después, solo por no saber qué estudiar, debatiéndome entre un salón de operaciones y la redacción de un periódico. Indecisa ante tantas oportunidades y una boleta con cupo para cinco, cinco posibilidades que mi abuela tampoco tuvo. Y yo pensaba en voz alta: ¿Qué hago? Y ella me decía sin que yo calculara el peso de sus palabras: «Lo que tú quieras, mija, lo que tú quieras».

Más tarde vendría la universidad en La Habana y todas las libertades que se tienen a los 18 años y lejos de casa. Mi abuela con consejos demasiados pueriles para mi edad y yo sufriendo que ella no pudiera allanarme el camino que nunca emprendió. Lo más sabio que decía era: «Niña, fíjate bien al cruzar las calles».

Jamás supo que un día fui a hacerme un examen creyendo que la promiscuidad de mi pareja me había contagiado, y que me llamaron luego para que recogiera el resultado, y que fui pálida y perpleja, pues en la Universidad solo se tejía una verdad: «Mandan a buscar los positivos». Y mucho menos supo que casi muero de un «subión» de presión... y sin VIH.

Ella, claro, no hubiese entendido que aquel novio no fuera el padre de mi hija. Ella que, únicamente, ha sido la mujer de mi abuelo, no solo porque quiso, sino, también, porque era lo correcto y esas formalidades disimulaban las ataduras que le impedían a una mujer salir sola en la noche, cambiar de marido o coquetear en directas. Para mi abuelo, en cambio, eso nunca estuvo vedado. En su virilidad se acentuaban las diferencias que el tiempo deshizo.

Del parto sí conoció cada detalle: 18 horas de contracción y Gretel naciendo, sana, salva, inspirando el único temor que crecía con mi vientre: ¿Sabré ser buena madre? Una pregunta sí daba por sentado, que mi hija viviría y que distaba muchísimo de la que mi abuela se hizo con mi madre adentro: ¿Podré ser madre?

Y por más que retuerzo mis neuronas y las exprimo desembocan miles de imágenes, en ráfagas, todas benditas y felices. Felices historias sobre derechos humanos en las que yo, salvo este trabajo, nunca he tenido que pedir o exigir nada, a diferencia de mi abuela.

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