Los planes planos

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Los planes son imprescindibles. ¿Quién lo duda? No solo en el ámbito social o de la economía de un país, sino cuando hablamos de la agenda propia. Miles de necesidades dentro de 24 horas solo se satisfacen cuando se traza una estrategia y se fijan plazos, cantidades y prioridades. Igual ocurre para la multiplicidad de asuntos que deben encaminarse a escala nacional. Para eso están los planes. Y la logística que está obligada a acompañarlos para garantizar su aseguramiento.

Pero existe otra verdad incuestionable: los planes se hicieron para cumplirse (aunque la lógica popular se empeñe en dictar irónicamente lo contrario). Y en esta frase no va un tono de obligación, sino de posibilidad. Porque ciertas planificaciones, particularmente en el área comercial, parecieran hechas con los pies fuera de la realidad.

Al saco de las planificaciones desafortunadas (las que nacieron para no cumplirlas) van a parar los incumplimientos justificados. Porque ¿a quién se le ocurrió proyectar lo impredecible? ¿Quién mandó a cumplir lo inverosímil? ¿Cómo condenar a quien no puede imponerse la lógica más elemental?

Días atrás razonaba con un compañero de charlas sobre estas rarezas que muchas veces integramos a la lista de lo real maravilloso que puebla nuestro acontecer irremediablemente, sin que nos detengamos a pensar cuánto tiempo y recursos cuestan al quehacer cotidiano.

Un ejemplo lo hemos tenido en las farmacias con planes de ventas, en las que por supuesto no va errado el plan como estrategia para proveer abastecimiento. El problema reside en que se exija a los dependientes el cumplimiento de un designio matemático al costo; incluso que no sean estimulados mediante sus salarios si en el mes no se alcanza lo establecido como norma de ventas. Igual ocurre para otros ejemplos tan cuestionables como ilógicos.

Alrededor de esta observación gravita el viejo chiste de humor negro sobre el plan de las funerarias, ese que se proyecta con el fin de garantizar las mínimas condiciones materiales para las eventualidades del mes, y nunca, por supuesto, para que haya que cumplir con la cantidad de los decesos.

Que la situación de aseguramiento sea similar para las boticas, se entiende, pues resulta pertinente prever el número aproximado de medicamentos que se consume en un área determinada para tratar así de responder a la demanda. Pero, ¡de ahí a que exista la obligación de cumplir las ventas de remedios!

La técnica comercial de las farmacias no será equiparable nunca a la de tiendas de otros productos. En estas últimas los empleados deben garantizar su eficacia promocional y probarla; pero en las primeras, aumentar ventas significaría más problemas de salud, junto a una tendencia del Primer Mundo que inclina la balanza a favor de la comercialización del medicamento, en vez de a la cultura de prevención que sostenemos en Cuba. ¿Cómo entender entonces que sea imperativa la venta de todas las píldoras para demostrar la validez del personal farmacéutico?

Hay que planificar. Se conquistan muchos caminos. Pero sin que el precio sea enmarcar dentro de la rigidez de un documento todo cuanto de provechoso puede traer la realidad, porque todo no entra en planes. Ni es productivo que sean tan planos.

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