Los zapaticos de piedra

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

Allí están en vidriera o en el mostrador, al alcance de la mano. Bonitos, avellanados, con un diseño moderno. Dentro de la cabeza escuchas al duende de la necesidad: «Te combinan con el pitusa o un pantalón oscuro». Pasas la mano por el mentón, mientras el duende insiste: «Cómpralos, muchacho, con la falta que te hacen...». Respiras hondo, vas a decirle a la dependienta: «Alcánceme un par, por favor».

Y sin embargo te mantienes con la boca abierta, sin una palabra; porque enseguida aparece el diablillo, el de la sospecha. «Mijito, no lo compres», te susurra despacito, el muy lépero. Sientes que te hace vacilar un momento y de nuevo lo oyes: «Mira el tiempo que llevan en el mostrador. Son 375 pesos, ¿de dónde los vas a sacar? ¿Y si se rompen?».

Por unos segundos, que parecen siglos, el duende y el diablillo pelean en tu conciencia. Observas cómo la dependienta escribe unas notas, imperturbable. Piensas en la pepilla del parque, te ves modelando delante de ella como Richard Gere en Chicago y más orondo que Romeo ante Julieta. «¿Viste...? —preguntas— ¿Cómo se ven?».

Aunque también aparece la otra variante: la de los dedos de los pies saliendo por la costura de los zapatos, y el rostro de la muchacha entre la risa y la pena, y tú pidiendo la muerte. Finalmente el diablillo cruza los brazos triunfante. La dependienta pregunta: «¿Le enseño un par?»; y dices: «No, no..., gracias». Y te vas.

Mientras avanzas meditas en el Rey Midas. En la escuela dicen que todo lo tocado por él se convertía en oro; pero aquí, en el comercio, hay veces que parece que el monarca de Frigia no vuelve los artículos en metal dorado sino en uno de sus reversos. En piedra.

Sí, porque existen los calzados lustrosos, cómodos y confiables. También los de medio palo, los pasables, los que se venden rápido cuando se puede. Y los otros, sus medio hermanos. Los que se ven aceptables, pero, a diferencia de los otros, no tienen venta: por la tarifa y por la duda. Llevan tanto tiempo almacenados, que nadie quiere pasar por el susto de comprar algo que no sirva. De tanto verlos en vidriera, con la misma etiqueta y hasta con el mismo polvillo, llega el momento en que no parecen artículos de comercio, sino estatuas de granito.

Y asientes mientras caminas. En el comercio cubano los zapaticos de piedra tienen muchos primos y sobrinos. «Es una familia muy grande», dices en voz alta y una señora te mira asustada. Sigues sin hacerle caso. Muchas camisas, pantalones, chancletas, champús, cremas, lo que usted pueda imaginar y que por el precio inamovible permanecen eternizados en los salones de venta.

Hace poco a la parentela le llegaron unos primos de altura. Casi todos son de la marca Guillete. En las clases de Marketing los profesores repiten que los clientes compran no un producto sino una marca. Tú te paras delante de la vidriera y te rascas la cabeza, como lo hiciste en la tienda El Trópico, en Ciego de Ávila, o en aquella de la Avenida Primera, en Varadero.

Conclusión obvia. Tan obvia, que se cae de la mata. Con esos precios se acabó la teoría. Una maquinita desechable cuesta 15 CUC y resultan el «lanzamiento» más suave. Porque las otras son para mandarse a correr. La más bajita te la «pichean» al medio con una recta de 25 CUC por segundo. Multiplicas al cambio de Cadeca y te das cuenta de que no hay quien le batee. El tercer strike, y bien cantado, lo pone la dependienta. Preguntas si han tenido salida y ella ríe: «Ya ni me acuerdo desde cuándo están aquí, y si vendo una maquinita, tiro voladores».

Recuerdas las cábalas de los economistas, de que si no hay mercado interno, la economía no crece. ¿Por qué entonces no hacen rebajas a los artículos que envejecen en el almacén? ¿Qué es preferible: vender o dejar de ingresar por no bajar un poco el precio?

Sigues con las interrogantes en la casa, pero te acuerdas de la pepilla del parque, de la cita por la noche y miras al clóset. Allí están los viejos zapatos de color crema. Los de medio palo. No combinan con el pitusa oscuro, aunque no importa: estos sí que no se rompen. Los sacas y les pasas un paño. Te acuerdas de los de la tienda —preciosos, avellanados—, miras los tuyos —los viejitos— y dices: «Ustedes sí son los caballos».

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