Cuba, Estados Unidos y el colega desconocido

Autor:

Enrique Milanés León

El inicio del inédito diálogo para abordar el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos ha concitado por estos días la presencia de una elevada cantidad de periodistas del mundo entero que han entendido, con ese sexto sentido de que presume el gremio reporteril, que alrededor de estas pláticas gravita una de esas noticias grandes que el mundo solo conoce muy de vez en cuando.

A los cubanos que, como periodistas, cubrimos la puesta bilateral de una de las primeras piezas del futuro vinculo en plena «normalidad» (cuando el respeto mutuo sea la norma y la injerencia del fuerte, el pasado), no se nos escapa el hecho de que colegas de disímiles países, de grandes medios y hasta de publicaciones o entidades periodísticas apenas conocidas, le sigan la pista a un proceso que en buena medida esta distante de su piel.

Ahí radica la enorme diferencia entre algunos de esos colegas y los de esta Isla, que evaluamos el proceso no solo desde la fertilidad que propicia para los buenos titulares de prensa, sino a partir también de una experiencia histórica y personal que añade mesura y justa ponderación a esas expectativas que, como todos los cubanos y estadounidenses de real voluntad de acercamiento, nos invaden con pleno derecho.

Dicho en frase criolla, por más que esperemos cosas (y claro que las esperamos), no nos vamos, a la hora de escribir y/o reportar, con «la bola de trapo», aquella que repite ingenuamente lo que quiere decir, como quiere decir, una parte interlocutora muy poderosa que ha cambiado el método pero mantiene el objetivo.

La fidelidad indistinta, a la prensa de ventas o al reporte apegado a la verdad, se ha visto incluso en preguntas hechas en los «briefings», donde algún reportero, más afín al discurso del Gobierno que ha acosado a Cuba por siglo y medio que a la práctica objetiva de los medios, ha esgrimido, para inquirir sobre un asunto, la cada vez menos creíble frase de que «Cuba no muestra compromiso con mejorar la situación de los derechos humanos...».

Que, en resumen, en la estimulante pluralidad que muestran los periodistas presentes en La Habana, abundan simpatías pero no faltan quienes reportan desde la tácita condena a Cuba. En eso, por supuesto, no somos colegas. Para nada.

La nueva política, como los nuevos enfoques de prensa —si es que se construyen la una y los otros— debían dejar a un lado esas condenas inverosímiles que ya muy pocos se atreven a sostener.

Cuba y Estados Unidos pueden levantar buenas relaciones diplomáticas sin ser —a nivel de Gobierno— eso que pueda llamarse «amigos», pero la construcción de ese objetivo, para el que ambos habrán de estrenar y sostener una mirada distendida, requerirá una buena voluntad que se trasvase del discurso político al reflejo mediático.

Por «conspiranoico» que pueda parecer, la pregunta del reportero referido se enlaza, en los complejos puentes de la comunicación, con la imposición imperial que durante estas décadas que queremos superar ha marcado la obra de los grandes medios.

No es menor, en esta guerra de pensamiento que se ahonda ahora —y perdónenme, también, los cándidos cubanos que creen que es hora de abandonar esa idea—, el reto para la prensa cubana, punta en la flecha de nuestra diplomacia y empuñadura en el cuerpo de la explicación masiva y las alertas que sin dudas harán falta en el futuro.

El proceso de acercamiento Cuba-Estados Unidos será largo. Apenas estamos comenzando. Y, como reportero de Isla adentro, voy a apostar por el optimismo y esperar que realmente avancemos, que este par de pueblos aislados artificialmente puedan muy pronto abrazarse sin reserva y que un día no lejano el colega extranjero que duda del vigor de nuestros derechos humanos pregunte en otro «briefing» por qué no muchos países colocan a su gente tan alto como Cuba.

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