La mansedumbre que alimenta

Autor:

Alina Perera Robbio

Es angustiosa esa sensación del cronista según la cual les debe alguna crónica a sucesos o personajes inolvidables que el tiempo muestra. Muchas cosas discurren sin que puedan ser atrapadas por la escritura, y una ve no pocas veces cómo se van alejando sin que puedan dibujarse, porque el mismo tiempo tiende trampas o porque a una no le alcanza la palabra para tanto.

Por eso a veces hay que hacer un alto obligado, de reverencia a la memoria, y decir como ha confesado el insondable Silvio: «Le debo una canción…». Yo, por ejemplo, llevo días diciéndome que le debo unas líneas a la mansedumbre de las mujeres que he visto hace muy poco en la granja avícola enclavada en la comunidad de El Moncada, allá en el precioso Viñales de Pinar del Río, en medio de la cordillera de Guaniguanico.

La granja, como nos explicaron los anfitriones una vez que llegamos a la provincia occidental, «podría resumir, por sus cualidades, los esfuerzos de la Empresa Avícola de Pinar del Río». A su administrador, Arsenio Rubido, nadie pudo sacarle palabras altisonantes: «¿Dónde usted estudió lo que sabe para dirigir aquí? ¿De qué se graduó?», preguntamos. Y él, firme y simple: «De la vida…».

Rubido, antes de aprenderse cada golpe del viento, cada rincón de la granja, cada contorno de las montañas circundantes, fue tractorista. Y después el paso de los años le fue dejando la sabiduría que lo mantiene tan sereno al frente de sus 35 trabajadores, 22 de ellos, mujeres. «El trabajo en la avicultura es bien fuerte», dijo él, quien cuando hablaba de perfeccionar los sistemas de pago aseguró que «lo que tenemos que pagar es eficiencia», lo cual no es una quimera, porque la granja y la entidad superior a la que pertenece han venido acrecentando sus resultados por año.

La nota mayor de una expedición que incluyó ascender por carreteras serpenteantes hasta llegar a la granja, fue la experiencia de un grupo de reporteros que ataviados con botas y camisas blancas —respetando ciertas normas de bioseguridad— fuimos invitados a entrar a una de las ocho naves de gallinas ponedoras.

Aquello era un universo de creación, una vorágine paridora de huevos que así funcionará, ininterrumpidamente, durante 12 meses. Aquel espacio lleno de aves blancas e inquietas no debe ser invadido por quien no sea una de las mujeres de siempre, pues las criaturas «se estresan» (así dicen los trabajadores avícolas) y dejan de poner.

Y es entonces que en medio del silencio, pulsando un tiempo que gotea más despacioso que el de cualquier urbe o paisaje, nos conmovieron mujeres como Ernestina —quien lleva 28 años caminando el mismo espacio de una nave de granja para recoger y colocar sobre cartones los huevos que las gallinas van soltando—; o María Victoria, también con 28 años de entrega paciente; o Marta, con 16 años de esfuerzo. Cada día de labor en sus vidas ha significado 12 horas sin parar, acometiendo la misma tarea rápida y humilde, tan básica para la existencia de muchos seres humanos.

A ellas, viajeras calladas, hábiles, puntuales en sus naves que solo ellas comprenden, debía yo estas líneas. Porque alguien debe hacer en este mundo, por todos los demás, la travesía larga, dura y monocorde de recolectar el sustento. Porque tal vez ellas no podrán hablar de escenas diversas, de lentejuelas o estridencias ultramodernas. No podrán hablar de todo eso que, increíblemente, se sostiene en manos como las suyas; es decir, en lo raigal, en la afirmación tenaz, en una lealtad devota y prodigiosa a los ciclos de la Tierra.

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