Primero lo primero

Autor:

Alina Perera Robbio

Hablábamos entre colegas sobre la necesidad de que, para que Cuba sea un país diferente —es decir, mejor, exitoso en su paso por una nueva etapa que ha sido denominada de «actualización»—, tengamos un Hombre distinto.

En un análisis signado por la pasión y la honestidad expresé que sin modelar primero el tipo de ser humano que nos interesa, no podremos soñar con un país «otro», porque el protagonista de los cambios es precisamente ese cubano  —cada cual— que debe vivir una revolución en su pensamiento si quiere ir a la par de las transformaciones necesarias, si desea adaptarse, si aspira a superar el último cambio para emprender el próximo.

Uno de los colegas, sin descartar la relación dialéctica que existe entre el individuo y su realidad, sin obviar esa verdad según la cual ambas dimensiones se van haciendo mutuamente, insistió en que lo más importante es construir los escenarios de la sociedad nueva. Sin esa premisa, decía él, no podremos aspirar a ver un Hombre nuevo en formación. Se trata de un Hombre que desde luego, y casi está de más decirlo, jamás será destino consumado, meta a la cual se llegue, sino un camino de mejoramiento, de perfeccionamiento que jamás alcanzará la perfección.

El amigo ilustró su enfoque con ejemplos inobjetables: es muy difícil que anide en un alma la actitud cristalina ante asuntos como qué hacer con recursos materiales ajenos y al alcance de la mano, si el dueño de esa alma, siendo niño, cuando llega a casa escucha hablar a los adultos sobre ciertas «luchas» cotidianas que se asumen como naturales en un contexto en el que muchas veces el trabajo honrado no es camino eficaz para satisfacer necesidades básicas. Es muy difícil plantearse la bondad —y esta es una gran lección martiana— sin ser próspero.

Y desde luego, con lo anterior no se está justificando una actitud negativa como la de robar, pero sí se alerta sobre la importancia de crear las condiciones objetivas que acorralen, que conviertan en inaceptable esa costumbre incrustada con particular dureza en amplios espacios de nuestra sociedad durante estas más de dos décadas de desgastes y carencias múltiples.

Sucesivamente fueron aflorando otros ejemplos: es muy difícil saber degustar y buscar tonos bajos y silencios en medio de un paisaje estridente; será una rareza conducirse con elegancia si el entorno está preñado de fealdades y desaliños. No anidará la serenidad en el alma, ni la altura racional o emocional, si las circunstancias concretas son angustiosas, hechas a contingencias y remiendos, con tareas pendientes para ayer. No habrá pensamiento abierto y creativo, acción liberadora, si la mente está anclada a rutinas enajenantes, a problemas cuyas soluciones no van más allá de una resistencia paralizante, en esa sensación de que, para estar en el mismo sitio, sin ser tirados hacia atrás o al fondo del abismo, hay que correr mucho durante todo el tiempo.

Asentí ante la implacable objetividad de mi amigo: pesa más la urgencia de un país nuevo que cualquier otra condición. Pesa más una arquitectura de país que termine legitimando lo mejor de la naturaleza humana, que ponga al derecho todos aquellos entuertos donde la virtud no encuentra espacio ni estímulo. De ahí irá naciendo el ser distinto, acrecentado, cada vez más listo para seguir haciendo el país que se nos va prefigurando. ¿O no?

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