Lo que Santi une

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Kalo se fue hace unos días a seguir andando el mundo con su estilo guerrillero de siempre. Con ese que lo hace volver meses después como si ayer hubiese acabado de salir por la puerta. Se fue hasta dentro de un año, pero dejó un íntimo fragmento de su ser antes de levantar el vuelo. Y la suerte de recibir ese regalo tan espiritual fue mía.

¡Qué cosas tiene la vida! A mí, que ni siquiera he disfrutado de conversarle por más de unos minutos. A mí, que lo descubrí iniciando mis estudios, siempre desde la lejanía y la admiración por lo desconocido.

Pero Santi, nuestro Santiaguito Feliú, nos unió de un modo único, como confabula a su alrededor todo lo extraordinario, como conecta cada paladín silencioso. Porque vivíamos inspirados por su rebeldía e irreverencia, por su sencillez y desparpajo, por la gaguera y la vagancia, porque se había autoproclamado un rojo independiente. Y porque lo era.

Por eso cada vez que Kalo y yo nos tropezamos, nuestro trovador viene a ser como un saludo secreto, una clave que empleamos como transgresora de lo poco que nos conocemos. Kalo se despidió con él esta vez. Del mismo modo en que nos regalamos la bienvenida hace un año atrás, en el patio del Instituto de la Música. Por la presencia de Santi en nuestras vidas. Por su inexplicable ausencia.

Ese 12 de febrero llovía y no era agosto ni 1981 como en el tema que el zurdo maravilloso le desgarrara al flaco espectacular de Noel Nicola. Pero era igual de maldita la lluvia, que no le dejaba llegar para cantarnos hasta donde siempre solía hacerlo, hasta las entrañas.

Y en la capitalina esquina de 15 y F se reunía una constelación musical con sentires y expresiones tan diferentes como los de quienes asistíamos por cuenta propia, sin ser del gremio artístico, pero con la extraña pertenencia de quien ha vivido con las melodías de nuestros héroes y heroínas con guitarra en mano.

Amantes e intérpretes del rock, la trova, la canción más tradicional, la salsa, la llamada música clásica, el repentismo de los campos convertido en versos y hasta el omnipresente y cuasi género fusión… estaban allí, sobre el césped, bajo el cielo, desde la convocatoria del zurdo nuestro. Para cantarle, para quererlo, para invocarlo, para llorarlo como un rato después lo lloraría la naturaleza esa misma noche en que por primera vez iba a anochecer sin su voz.

Y como la diversidad se une por lo auténtico, no importaba que una gran parte de quienes abordábamos el buque eterno de la nostalgia apenas se conociera entre sí, o hubiera incluso desagravios y rencores echados al olvido con tal de ser un grupo inmenso reunido intentando «armarnos» un Santi para esa noche.

Tampoco importó que hubiesen pasado años desde que no tropezaba con mi desconocido amigo Kalo. Lo vi de lejos y me sentí más acompañada en mi tristeza. Como me he sentido de amparada desde que otra vez se fue y me dejó su colección de nuestro amigo. Como me sentiré hoy sabiendo que allá, por donde anda mi compañero de trova única, dedicará un rato de su 12 de febrero a pensar en que un año atrás la muerte vino a tratar de llevarse al gago perfecto.

Pero, como dijo Alexis Díaz Pimienta en esa noche lluviosa —que no era agosto ni 1981—, la parca se encontró al Santi tocando el piano en medio de uno de sus despojos. Y otra vez resonó desde Para Bárbara la legendaria estrofa: no me dejes ir. Entonces la del traje negro se jodió.

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