El siglo de mi viejo - Opinión

El siglo de mi viejo

Autor:

Milagros Escobar González

En ocasiones, parece que duerme, pero solo está concentrado en sí mismo, quizá recordando a la mujer que lo acompañó por más de 60 años y a quien la vida se le acabó hace 48 meses.

A veces uno cree que sueña, que habla dormido, pero quizá solo está planeando qué nuevas plantas podrá cultivar en sus pequeñas macetas.

Lo cierto es que a mi viejo se le han acumulado muchos más lustros de lo que él (y sus hijas) pensamos que podría disfrutar. Y ahora familiares y amigos festejamos su centenario, como si un siglo fuera muy poco tiempo para disfrutar de tanta ternura.

Su corazón es grande, no tan solo por su inmensa bondad, sino porque «ese órgano ha tenido que bombear mucho para mantener en pie a ese jiquí de más de seis pies», como sentenciara el médico de la familia, cuya prescripción de no subir y bajar las escaleras nunca ha cumplido.

Incansable, mi viejo se ha ganado el cariño y la admiración de vecinos y conocidos por su permanente afán de mantener limpias las áreas del jardín del edificio donde residió en la calle Tulipán, cuyo nombre tal vez lo inspiraba a cultivar flores de cualquier tipo.

Cada mañana, antes de que los nietos partieran a la escuela, bajaba 64 escalones para escardar las malas hierbas y que los rosales crecieran más hermosos, y que los zunzunes pudieran libar mejor en las flores del alelí, o de nomeolvides, o campanillas que ha plantado.

Al Abuelo, como le llaman mis vecinos, el tiempo se le va mientras reparte amor, mientras regala la melodía que saca de la armónica para homenajear a quienes estén de cumpleaños, o en cualquier aniversario, o festividad. No importa que sea «en vivo y en directo» o vía telefónica, cuando el homenajeado está lejos, en otro municipio capitalino o en otra provincia cubana, quien festeje, entre sus familiares o amigos, tiene siempre un regalo musical de mi viejo.

Y no es costumbre nueva: de niñas despertábamos cada cumpleaños con la sonoridad de su saxofón, ejecución aprendida con el maestro José Urfé, en cuya banda municipal de Madruga se inició como músico. El lindo saxofón, convertido en dinero, sirvió para solventar necesidades apremiantes. Durante un tiempo mi viejo se quedó sin instrumento musical, pero se acompañaba de silbidos y tarareos. Ahora tiene una armónica que le regalaron unos amigos.

A veces, mi padre parece que dormita, pero está recordando, o tal vez sueña con aquel gran pez que se le escapó del anzuelo. O se imagina subiendo la Escalinata Universitaria, de donde sus hijas y nietos han descendido mientras él se afanaba en las aulas de Educación Obrero-Campesina.

O quizá es que, con los ojos cerrados, recuerda a su perra Luna, enganchada en un alambre de púas que le desgarró el pecho y que solo la bondad de un veterinario logró salvar, sin cobrarle un centavo, «pues no tendría con qué pagar», según le dijo. O quién sabe si rememora uno de los tantos libros que ha leído y compartido con la familia para fomentar en todos la pasión por la lectura.

Mi viejo se me ha puesto muy viejo. Por eso, a veces, sueña despierto con los días en que solía andar por el campo en compañía de la mujer con quien «cerró el capítulo de sus amores».

A lo mejor recuerda la expresión de felicidad de aquella cajera que por equivocación le entregó 5 000 pesos de más en la nómina de pago de los trabajadores y que, para sorpresa de muchos, devolvió íntegramente, «para dormir con la conciencia tranquila».

Mi viejo está muy viejo. Este año llegó a los 100 y le regalamos la presencia y el amor de 100 personas o más, para festejar tanto tiempo de vida y tanta entrega. Siempre repite: ayer maravilla fui…, pero no es verdad. Sigue siendo una maravilla, maravilla de amor, tesoro, regalo que nos ha dado la vida.

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