Para cambiar de mentalidad

Autor:

Graziella Pogolotti

Existe una convicción generalizada en cuanto a la necesidad de introducir cambios de mentalidad. La desidia, la lentitud en la capacidad de dar respuestas adecuadas a los asuntos que nos competen, junto a otros factores asociados, lastran las posibilidades de impulsar el crecimiento económico y de transformar actitudes que contribuyen a convertir nuestra existencia en un yogurt. Somos víctimas de manifestaciones de agresividad y de prepotencia que, junto a la empecinada sujeción a numerosas rutinas obstaculizan la solución de problemas mínimos, acumulados en el transcurso del día.

Por difuso e inapelable, enredado inconscientemente en el laberinto de la subjetividad, el problema es complejo. Tendrá que ser acorralado desde múltiples perspectivas. Una clave inicial pudiera encontrarse en la necesidad de recuperar el sentido de las cosas, del quehacer propio y, por ende, del sentido de la vida mediante acciones afirmativas tendientes a abrir nuevos caminos, el «yo sí puedo», fuente de iniciativa en el reconocimiento de nuestras responsabilidades individuales y colectivas. Yo comenzaría por extirpar del vocabulario cotidiano el concepto de culpa, oscuro refugio que conduce al ocultamiento de las causas de los problemas y al juego infernal de la candelita, el interminable «allí fumé» que va borrando cualquier pista para el descubrimiento del origen real de las cosas.

El sentido de responsabilidad se desarrolla mediante participación colectiva en el diagnóstico y la búsqueda de soluciones que, en muchos casos, no dependen de la tardía respuesta llegada «de arriba».

Las mentalidades se construyen en el tiempo a través de un vínculo interactivo con los sectores que constituyen una sociedad compleja. La familia es el círculo primordial inmediato. Intervienen luego la escuela, el centro de trabajo y las asociaciones conformadas por afinidades en las creencias o en el ejercicio profesional. Gregario por naturaleza y necesidad, el ser humano afirma su sentido de pertenencia, de compromiso y de responsabilidad con la participación en los valores y propósitos de cada una de esas instancias.

La Revolución implementó sucesivamente vías que favorecieran la participación consciente de los ciudadanos en la edificación del proyecto mayor de soberanía y justicia social. Un sutil corrosivo alentado por el acomodamiento burocrático socavó la efectividad de aquellas acciones. Recuerdo la etapa en que se sometía a análisis de los trabajadores el presupuesto asignado a la institución y el modo en que se distribuían las distintas partidas. El debate se efectuaba a posteriori, cuando nada podía modificarse. A pesar de esa limitación inicial, los criterios hubieran podido tenerse en cuenta para los años subsiguientes. Pero la información se trasladaba con el empleo de códigos técnicos, ininteligibles para la mayoría. El problema se formalizó y cayó en desuso.

Algo similar ha ido corroyendo la autoridad del delegado, tan importante para la solución de problemas concretos que nos afectan de manera directa e inmediata. Acostumbro leer con sumo interés las cartas de los lectores a nuestros órganos de prensa. Observo la reiteración de asuntos similares que pudieran tener fácil solución en el contexto local mediante la activación efectiva de los recursos humanos y materiales existentes. Ante el silencio de las autoridades competentes, la desidia se extiende, incentivada por la falta de un uso eficiente y oportuno de la autocrítica.

Algo parecido sucede con los informes de balance de los órganos de administración del Estado. Algún infrecuente «no obstante», acompañado del inevitable «estamos trabajando en» matizan el incurable triunfalismo. Una reunión de este carácter debe convertirse, por lo contrario, en espacio ideal para la indispensable problematización de la realidad, fuente de rectificación de errores, estímulos para la búsqueda colectiva de iniciativas renovadoras.

La complejidad es desafío y riqueza de la vida, siempre cambiante. El pensamiento burocrático se aferra al estatismo, se acomoda a la rutina, evita el riesgo de tomar decisiones. El secretismo absurdo se convierte en una de sus armas de poder. Su conducta lleva al escepticismo. En cambio, la transparencia es el mejor método para conquistar una capacidad de convocatoria. En el ámbito delimitado de una circunscripción o de un centro de trabajo es imprescindible ofrecer una clara información acerca del porqué y el para qué de las cosas. En función de propósitos compartidos surgen espontáneamente las iniciativas, se coordinan acciones, se establecen prioridades, se identifican problemas y se encuentran soluciones. Urge implementar métodos que propician la paulatina evolución de las mentalidades. No es empeño de un día formulable en un recetario abstracto, ajeno a las circunstancias concretas. El camino se irá haciendo con el oído bien pegado a la tierra, las antenas vigilantes, la sensibilidad a flor de piel.

La rutina mental burocrática frena el necesario cambio, aunque también operan otros factores arraigados en el ser nacional. Uno de ellos, el paternalismo, sigue interviniendo en el rescate de la disciplina laboral. Más allá y, desde siempre, se ha dicho que todo cubano tiene un discurso embuchado. El interlocutor es la víctima de la verborrea. Cuando logra encontrar una fisura en el discurso del otro, inmerso en la elaboración de una respuesta probable, tropieza con una suerte de sordera sicológica. En este cruce de espadas, no hay diálogo real, se estanca el proceso de aprendizaje. En la comunicación desprejuiciada con el ser humano concreto descansa la posibilidad de percibir el rumor fluyente de la vida, de entender y actuar en consecuencia.

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