El retorno y… ¿el estímulo?

Autor:

Osviel Castro Medel

Orlando regresó hace poco. Pasó dos años de vigilias y entregas humanas en otra latitud y, al retornar, se sumergió feliz en un universo de abrazos familiares.

Nada lo hizo suspirar tanto como el reencuentro. Sin embargo, imaginaba que el mismo calor de los cercanos a su sangre se expresaría en su entorno social.

Creía, por ejemplo, que en el barrio donde siempre ajetreó para apoyar actividades colectivas —y en el que es querido— lo nombrarían en la primera reunión del vecindario.

Acaso también se figuraba que sus compañeros de faena, luego de los eufóricos saludos, convocarían un mínimo mitin relámpago —o hasta centella— para reconocerle en público sus sacrificios en la lejanía, el haber sido portador de la sensibilidad, el humanismo y la solidaridad de su pueblo.

Y hasta supuso algo parecido en su organización, en la que es de los más ejemplares. Pero en el primer encuentro ordinario apenas escuchó: «Hoy se reincorpora con nosotros el compañero Landi luego de dos años de exitosa labor en otras tierras. Pasamos a leer el orden del día». Nada más.

Después de todo, a Orlando le han nacido varias preocupaciones. Y no porque pretendiera recibir pergaminos a la vista de muchos, ni porque esperaba un reconocimiento que expresara: «Se tragó el mundo».

Sus inquietudes emanan de interrogantes muy serias, que pudieran servir para cualquier análisis, más allá de su caso: ¿Cuántos otros, al regresar, tropezaron con modos emparentados con la frialdad y el descuido? ¿Por qué en algunos escenarios parecen haberse olvidado los estímulos morales, tan importantes para que la existencia no se mire solo con el prisma de los capitales y los haberes?

El Che, se dijo Orlando, defendió hasta lo último los acicates espirituales pues entendía que el ser humano, en una etapa superior de la historia, desatado ya de las enajenaciones provocadas por el mercantilismo a ultranza, necesita incentivos que lo hagan más pleno.

Esos impulsos en el alma no pueden faltar en el llevado y traído «trabajo hombre a hombre», cuyos objetivos no son otros que afianzar ideas, sembrar conciencia, consolidar compromisos, desarrollar el nuevo ser humano de estos tiempos.

En octubre de 1997, en el Informe Central al V Congreso del Partido, Fidel nos advertía que se debe «trabajar con los ciudadanos en concreto, uno a uno; no es solo el trabajo a través de la prensa y de la televisión, o de las conferencias, o de los mítines políticos». Esa labor sin abstracciones implica, entonces, entre otros aspectos, cuidar las pequeñas cosas, todas las que propicien el placer interior de las personas.

En todo eso pensó Orlando. Menos mal —opinó para sí— que muchos otros sí reciben el aguijonazo en la llegada y laten de dicha con el reconocimiento de compañeros y vecinos.

Pero no deberían existir excepciones. Lo ideal sería que en todos los lugares la venida signifique gesto y tacto, atención y esmero. Que el regreso sirva para espolear la vida de los hombres y, así, estos ganen bríos para tirar más duro del pesado, pero delicioso carro de la nación.

En cuanto a él, pese al poco tino de otros, seguirá halando fuerte, hasta los últimos días de su respiración porque sabe que ese carro requiere sumas y no restas; y que su gloria verdadera, más allá de pliegos, está en servir a Cuba.

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