Mejillas sucias después del apretón

Autor:

Yunet López Ricardo

Él es de esos que llegan del trabajo y enseguida le aprieta los cachetes a su hija, dejándole las mejillas sucias después del apretón. A sus manos, la grasa le pone guantes todos los días, debido a los arreglos constantes que debe hacerle al camión que maneja hace más de 15 años: un Kamaz, de esos con vikingo, una vejez soviética y crisis de asma al subir las lomas.

Como estamos en zafra, a las cinco de la mañana, escucho el motor prenderse. Por sus estornudos llega el humo hasta mi cuarto, después el ruido de la maquinaria cansada se va alejando, y anuncia que ya se fue a trabajar. Cada día realiza hasta tres viajes del campo de caña al central Boris Luis Santa Coloma, donde descarga alrededor de 23 toneladas de la gramínea en cada recorrido.

Cuando era niña, me encantaba ir a los cañaverales. Debe ser por eso que recuerdo nítidamente a los macheteros sudando la camisa, las combinadas depositando la caña en los camiones, las alzadoras que parecían estar vivas mordiéndola para colocarla sobre los volteos; y las garzas, huyendo siempre a la embestida de las máquinas y buscando insectos entre la paja.

Casi diez años más tarde he vuelto a aquellos sitios. En lugar de la curiosidad infantil llevé la periodística, pero mis ojos siguen desvelándose ante la frente sudada de este hombre, los estremecimientos del timón que se resiste a girar las ruedas y la terquedad de la palanca, obstinada en desobedecer las leyes de la velocidad.

Entré al campo, y al ritmo de una combinada KTP 2, las más antiguas que actualmente trabajan en el corte mecanizado, vi cómo poco a poco se llenó el volteo.

Creo que antes de aprender los encantos matemáticos del logaritmo, ya yo conocía que las combinadas CASE cortan la caña sin paja, por lo que la materia prima va directo al basculador del central; mientras que cuando lo hacen las KTP es necesario pasar primero por el centro de limpieza, donde se les retira la paja y allí, entonces, son los carros de línea los que la transportan hasta el ingenio.

No es extraño que en ocasiones el motor desmaye y se detenga. Entonces, uno, dos, hasta tres acelerones violentos y la humareda negra al instante. El camión camina lento como un anciano enfermo arrastrando una piedra enorme, y así, a pesar del ahogo, respira y avanza.

Esa es su vida: cañas despeinadas, dedos que pintan dibujos oscuros sobre cachetes, besos de azúcar, y las garzas que estarán siempre allí, burlándose de los relojes y regadas por todo el campo, como vendas blancas curando el suelo donde crujen las plantas ante el peso de los camiones.

Las combinadas siguen dándome sensaciones de vida, ahora más oxidadas tal vez, pero recorriendo el mismo camino. Él, con algunos años más, permanece detrás del timón trabajando en la zafra; y yo estoy orgullosa de sus manos limpias por el amor, y segura de que parte del azúcar que hace el Boris, es con la caña que le lleva mi papá.

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