Corojos rotos

Autor:

Osviel Castro Medel

Tal vez, aunque ya hubo letras por miles y hasta una película describiendo el hecho, todavía necesitemos retrospectivas más profundas, que nos afiancen en el alma lo acontecido aquel marzo de corojos rotos.

Porque si bien el símbolo de la protesta bajo los mangos orientales ha quedado como referencia en el almanaque de la nación toda, también es cierto que, por momentos, algunos lo han reducido al «¡Guarde usted ese documento...!» y al «¡No, nos entendemos!».

Y Baraguá, con toda su lava libertaria y su oleaje salvador, es mucho más que un desacuerdo entre dos rivales de verbos y pensamientos distintos.

Ningún acontecimiento de esta vida puede mirarse como alfiler aislado. Por eso, sería imperdonable obviar que antes de la protesta viril hubo un Zanjón, que más que zanja fue flaqueza y desmayo. Y que mientras algunos, engañados por promesas vanas o vencidos por las espinas de la traición o el agotamiento, capitulaban en los campos de Camagüey, las huestes de un Titán demostraban en San Ulpiano que hasta con heridas en la piel y el corazón se podía luchar por la cima independentista.

Necio parecería también soslayar que había cansancio en las filas libertadoras luego de una de las guerras más cruentas de su tiempo, hecha con instrumentos agrícolas —convertidos forzosa y valientemente en espadas— y en medio de separaciones familiares, escasez, muertes, diásporas, divisiones, sediciones militares y desconciertos.

De manera que Baraguá, con Maceo y sus oficiales como quijotes de la emancipación, nos salvó de la mancilla y quedó como una alegoría tremenda que este país y sus nuevas generaciones siempre deberían reafirmar: es preferible la lucha con poco antes que la rendición; el intento antes que el desánimo; la rebeldía antes que bajar la cerviz frente a los poderes.

Pasar por alto eso equivale a enrarecer el significado de palabras que cobraron su sentido histórico con aquella rebelión contra el Zanjón —honor, dignidad, orgullo... grandeza— y que nunca serán «muelas» si se interpreta la vocación virtuosa de los que protestaron ante el mismísimo general Arsenio Martínez Campos: o la paz llegaba con la independencia —o cuando menos con la abolición de la esclavitud— o esta tierra seguiría llenándose de mártires en flor.

Fue el anuncio al mundo de que ya no éramos roca dormida, sino espíritu rugiente de una idea, la misma que había enarbolado Céspedes al lado de la campana que nos lanzó a la manigua diez años antes.

Fidel, luego de un siglo justo del suceso, volvió sobre una frase de Martí, erróneamente transcrita en ciertos escenarios. El Apóstol jamás absolutizó escribiendo que Baraguá fue lo más glorioso de nuestras gestas, sino que la Protesta fue «de lo más glorioso de nuestra historia».

No en balde en 1978 el líder de la Revolución se preguntó: ¿acaso no fue glorioso el 10 de Octubre? Pero, como bien expresó más adelante, «no se trata de comparar unas glorias con otras, unas fechas con otras. Sin 10 de octubre no habría habido 15 de marzo, sin Yara no habría existido Baraguá; ¡pero sin Baraguá, Yara no habría sido Yara!».

Y claro que sin aquel epílogo de diez años duros no habría podido surgir después un Juramento eterno bajo los propios mangos, devenidos con el tiempo estrellas, refugios, templos.

Por cierto, escribiendo de contextos, bien vale preguntarse qué hubiese pasado si se hubiera concretado el atentado al Pacificador, como alguien sugirió en el desespero. Fue el héroe de bronce el primero en oponerse a tal idea, porque la honra y el civismo —otros dos términos que debemos realzar en esta era— estaban por encima de todo.

Cuánta falta hace, pese a todo lo leído y dramatizado, sumergirse hasta el fondo en Baraguá y sus protagonistas, los mismos que, cuando los huesos dolían por la ventisca vieja, empuñaron la espada, bajo los mangos y el rocío invisible, para mostrarnos que la palabra independencia estaba ya en la vena de la Patria. La espada que hoy alumbra el cielo y la tierra, el aire y el agua, el tiempo venidero.

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