¡Viva la modernidad cultural!*

Autor:

Víctor Fowler Calzada

Conservo este recuerdo de la infancia: una casa larga, de aquellas con los cuartos corridos, cuatro, uno a continuación del otro. Es posible atravesarlos a través de las puertas que los comunican, pero también utilizando el patio. Y yo estoy parado a la entrada de ese patio y observo lo que sucede en el fondo. Es domingo y hay un grupo de mujeres reunidas; todas mulatas y negras, conversan mientras pasan el peine caliente al cabello de una de ellas. A cada una le tocará turno luego.

Pasar el peine era un ritual inviolable de la belleza para mujeres negras y mestizas según el grado de «encaracolamiento» del pelo. La palabra, inexistente en cualquier diccionario, debe significar el nivel de intensidad en cuanto a la manifestación de lo caracol, la cantidad de vueltas, el enrevesamiento, el enredo, la pasa. A medida que los cabellos se acercaban más a esa visión como lana de la pasa, más había que domesticarlos con aquel peine que lo mismo vi calentado (hasta cobrar coloración rojo vivo) encima de anafe de carbón que en la hornilla de la cocina de gas. En este camino de supuesta «mejoría» para el cabello, se encuentra también el desriz, que suele dejar el pelo con un brillo de artificialidad y demasiado pegado al cráneo, estirado y tieso.

Tengo otra imagen, esta vez de años más tarde: un grupo de jóvenes negros y mestizos lleva tan largo el cabello lanudo que forma una especie de gran pelota redonda alrededor de la cabeza. El peinado, al que ellos nombran «afro» o «spendrum», exhibe una genealogía política clara: es influencia directa del modo de llevar su cabello los radicales del Black Panther y en el imaginario popular cubano está asociado a una de las batallas políticas más grandes de los 70 del pasado siglo: la campaña de propaganda por la libertad de Angela Davis, activista afronorteamericana detenida y quien, a modo de protesta en contra del orden racista y para reafirmar su identidad de mujer negra, llevaba el cabello en el estilo afro.

Es importante entender que el proceso es parte de hechos que dan forma a una matriz cultural, conductual, ideológica, social y política mayor donde lo mismo quedan incluidas la minifalda (moda de esa misma época) que las ideologías del amor libre, el pelo largo a la altura o debajo de los hombros (en el caso de cabellos lacios), los pantalones que fueron conocidos como campana, el pantalón tubo, la sandalia, el bigote al estilo mostacho, el zapato de tacón alto llamado plataforma, la circulación y consumo (en redes por entero alternativas) de todo tipo de música rock y R&B, el sonido de los combos que en las fiestas juveniles hacían covers de grupos ingleses y norteamericanos del pop-rock de entonces, etc.

Un largo listado que es botón de muestra de los múltiples escenarios en los que tuvo lugar (y todavía continúa) la batalla cubana por la modernidad cultural. Aquí las variantes en el modo de llevar el cabello son, además de oportunidad para profundos enfrentamientos a propósito del concepto de lo bello, ocasión para complicados roces tanto ideológicos, políticos y culturales, como entre lo nuevo y lo viejo, lo nacional y lo extranjero, la tradición y lo moderno, el conservadurismo y el espíritu de rebelión.

Por eso me alegra mirar el cabello de los jóvenes de mi barrio y comprobar la diversidad emancipadora en la que tiene lugar hoy la moda de varones y hembras: largos en cola de caballo; con el trazado en cuadrícula de las llamadas carreritas; corto hasta el mínimo posible en la máquina o en los cráneos relucientes de cabezas rapadas con navaja; en largos tirabuzones al modo rasta o en suaves rizos; en las extensiones o con la blandura que propicia la keratina; sobreabundante y natural, recogido en un alto moño; o en esa fiesta de la creatividad y la fantasía que es el cabello moldeado, al modo de una pequeña obra escultural, mediante el uso de gel. A veces, para colmo, incluso van teñidos de color innatural: verde, azul, violeta, amarillo intenso.

En comparación con las constricciones del pasado, nada sorprende tanto como la keratina cuando es usada por varones de raza negra (para otorgar al pelo una visualidad lacia); en especial cuando el cabello es peinado, a imitación de los héroes del manga y el anime japonés, con un mechón que se derrama para tapar alguno de los ojos. Semejante imagen, que tradicionalmente fue arquetípica de la sensualidad femenina, ha sufrido tan compleja mutación que en la actualidad es común como afirmación de masculinidades de nuevo tipo.

Aunque lo mismo puede ser dicho de la utilización del gel para obtener esos peinados en los que el cabello termina en agresivas puntas, otro fascinante préstamo del manga y el anime. Solo que, en oposición al caso anterior, el desafío se pone de manifiesto cuando es mujer quien lleva dicho peinado y elige para sí esta imagen fuerte.

Las oportunidades de no padecer humillación por el tipo de cabello con el que se ha nacido, se han multiplicado y esto es consecuencia directa de las batallas libradas —durante todos estos años y por muchos miles de sujetos anónimos— a propósito de la dignidad y la belleza.

*Dedicado a Jacqueline Romero, poeta alegre y autora de un poco conocido texto sobre peinado, identidad y rebeldía

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