Ciencia y cultura

Autor:

Graziella Pogolotti

A lo largo de 200 años, surgieron en Cuba pensadores, poetas y artistas brillantes, en proporción desmesurada respecto a la pequeñez de la isla y a su escasa población. Y hubo también científicos destacadísimos, como Felipe Poey, Carlos J. Finlay y Fernando Ortiz, por mencionar tan solo unos pocos nombres. A pesar del proyecto reformador de Varona, la ciencia no alcanzó en la República Neocolonial el crecimiento deseado. Pesaba sobre nosotros el brutal condicionamiento de un capitalismo periférico dependiente, condenado al subdesarrollo. La voluntad política y el proyecto emancipador lograron en algo más de medio siglo, el desarrollo de una base científica de alto nivel que entrega al país una nueva dimensión cultural y ofrece una fuente de ingresos económicos. Todo ello es el resultado de un diseño estratégico audaz, nutriente de un valiosísimo capital humano, capacitado para garantizar una producción con importante valor agregado, superador de la precaria oferta de materias primas, sujeta a los vaivenes del mercado exterior.

Volviendo la mirada hacia el siglo XIX, se comprueba que Varela, Del Monte, Saco, Tomás Romay y Felipe Poey aparecen involucrados en un mismo movimiento cultural focalizado en las alternativas para construir, mediante el estudio y la investigación de lo nuestro, las bases de una nación todavía inexistente. Con el transcurso del tiempo, se fue creando una progresiva compartimentación que subsiste hasta nuestros días, como si la ciencia no contribuyera a configurar cualitativamente el panorama de la cultura.

Por lo demás, el vacío no existe en el mundo natural. Tampoco aparece en el comportamiento de la sociedad, ni en el devenir de las ideas. Encerrado en su laboratorio, el científico está contaminado por su entorno y es portador, consciente o inconscientemente, de una marca epocal. Nadie mejor que Brecht animó con Galileo la compleja imbricación de factores económicos y políticos, así como la angustia interna causada por conflictos éticos implícitos en las repercusiones de sus descubrimientos científicos. Acción y obra, en su caso, se remiten a una cosmovisión de matriz filosófica e histórica, en tanto creador comprometido con el destino de su país y, en última instancia, con la humanidad toda. Al revelar la evolución de las especies, Darwin hizo una contribución de indiscutible valor. Trasladado al campo de las ciencias sociales, el concepto de la supervivencia del más apto lleva a conclusiones aberradas, asociadas a un maltusianismo fascista, que puede reconocerse en el sustrato de la ideología neoliberal. Un puro y abstracto cientificismo arrastra imprevisibles repercusiones políticas. Por este motivo, siempre me ha parecido imprescindible incluir en los planes de estudio de todas las carreras el conocimiento aleccionador de la historia particular de cada ciencia, surgidas todas del tronco común de la Filosofía, alentadas por el contacto entre diferentes civilizaciones. Procedente de la India a través de la expansión árabe por el Mediterráneo, se conoció el cero en Europa. De la antigua Mesopotamia, actual Iraq, procedieron la escritura cuneiforme, los fundamentos del Derecho y el maravilloso paisaje urbano de Babilonia. Cuando la depredación insana arrasa esos monumentos, cancelamos la memoria de lo que hoy somos.

Me cuentan que hace poco una profesora de Economía se interrogaba acerca de la necesidad de estudiar marxismo. Aunque las industrias conocidas por Marx corresponden a la primera revolución industrial, su pensamiento conserva vigencia en lo económico, lo social y en su enfoque de los procesos históricos donde las interconexiones se revelan mediante el uso acertado de la dialéctica. La traducción de su pensamiento a través de un recetario reduccionista ha contribuido a fomentar un peligroso descrédito. Más dañino aún sería considerar la economía como una ciencia exacta. Está estrechamente ligada a las ciencias sociales en un vínculo interdisciplinario mutuamente beneficioso. La oreja peluda del neoliberalismo asoma por vías inesperadas.

Cuba no existe al margen del tiempo en un lugar abstracto del planeta. Sin adoptar la ignorancia crasa del aldeano vanidoso, tenemos que empezar por reconocer el terreno que estamos pisando en lo geográfico, en lo histórico y, por ende, en lo cultural. Cada rama de la ciencia tiene su propia historia, legado universal y herencia de un pensamiento propio, encargado siempre en analizar las corrientes que entrechocaron en cada época y en evaluar nuestras posibilidades de desarrollo. Por ese motivo, muchos consideran que el eclecticismo ha sido tendencia dominante entre nosotros. Los inevitables vaivenes del pensar se manifestaron en la asunción acrítica de modelos civilizatorios ajenos, en contraposición a quienes se empeñaron en indagar las especificidades de nuestro entorno. Así, durante la República Neocolonial se fue construyendo una cultura de la resistencia que abarcó todos los campos del saber.

Integrar ciencia y cultura es una exigencia de la contemporaneidad. No podemos aspirar ya al enciclopedismo de un Leonardo Da Vinci. La perspectiva interdisciplinaria  es indispensable en distintos campos convergentes que nos acucian. Ocurre con la protección del medio ambiente, con el rediseño del hábitat, con la formulación de políticas educacionales y científicas. Está presente en la defensa de principios éticos, rama de la Filosofía esta última, pero que ha convocado en primer lugar a los científicos, conscientes de los riesgos que entraña para la supervivencia de la especie, un incontrolado crecimiento de nuevas tecnologías, algunas de ellas colocadas al servicio de la industria bélica. Útil para la producción de energía y para aplicaciones médicas, la fisión del átomo ha tenido consecuencias desastrosas. El aprendiz de brujo puede ser víctima de sus propios inventos.

El diálogo entre ciencia y cultura o, mejor dicho, la fusión de ambas en un gran proyecto nacional en un país pequeño y vulnerable como el nuestro amplía horizontes y perspectivas, enriquece el sentido de la vida, siembra valores éticos y contribuye a cambiar mentalidades. Incorporada al sistema de enseñanza en su conjunto, estimula el acercamiento interdisciplinario, versión contemporánea del humanismo que ha inspirado nuestra mejor tradición intelectual.

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