Sábanas blancas colgando en los balcones

Autores:

Graziella Pogolotti
Amaury Hechavarría Nistal

Una crónica publicada en Juventud Rebelde reivindicaba, a partir de recuerdos estudiantiles, la profesión de arquitecto. Me sumo a la propuesta, porque cuando pienso en mi ciudad se me hace un nudo en la garganta. Sabemos que el deterioro acumulado requeriría una inversión millonaria. Hay que encontrar paliativos, atajar la depredación, buscar soluciones innovadoras, ampliar la información de los cuadros y acrecentar por todas las vías la conciencia popular, con énfasis particular en aquellos que disponen de recursos, acompañados con frecuencia de ignorancia, mal gusto y prepotencia para implementar intervenciones que contravienen las regulaciones urbanas. Es un problema complejo y las soluciones habrán de encontrarse mediante un riguroso trabajo interdisciplinario.

Hay que comenzar por concebir un diseño conceptual integrador. Tal y como suele decirse ahora, es necesario analizar problemas y oportunidades. La Habana constituye uno de los más significativos capitales acumulados por la nación cubana. Es un lugar mítico, recostado entre la línea sinuosa y sensual del mar. Crece tierra adentro en un paisaje de colinas casi imperceptibles. Ha sido cantada por músicos y poetas y es el ámbito de una parte sustancial de la narrativa cubana desde el siglo XIX. La colina universitaria se levanta como imagen simbólica de un patrimonio intangible con su huella de sangre desde la rebelión de los vegueros, la represión brutal contra Aponte, el fusilamiento de los estudiantes de Medicina, los acontecimientos del teatro Villanueva, las manifestaciones que una y otra vez bajaron de la colina contra Machado, contra la corrupción auténtica, contra Batista. De ahí bajó el cortejo que acompañó a Eduardo Chibás. El antiguo Palacio Presidencial y la Plaza de la Revolución fueron espacios que marcaron hitos decisivos de la historia de nuestra Revolución.

De este a oeste y de norte a sur, a pesar de la depredación de edificios y de muchas calles, la ciudad de La Habana es la muestra viviente de parte fundamental de la historia de la nación, de las transformaciones de la arquitectura y el urbanismo en etapas sucesivas y de los cambios de modo de vida. Ese privilegio excepcional hoy día se debe a un fenómeno de naturaleza desconocida para la mayor parte de los cubanos. Se trata de la especulación financiera en torno al valor del suelo. Así, por ejemplo, el Vedado fue concebido inicialmente con un concepto urbanístico integral, coherente con su carácter residencial, sujeto a nítidas regulaciones. Parterres, portales, zonas verdes y abundante arbolado tenían en cuenta el movimiento de la brisa y una circulación de aire necesaria para un clima. Fue el ambiente propicio para la república de generales y doctores. Más tarde, se introdujo el boato de la danza de los millones hasta que otras condiciones favorecieron la aparición de edificios de apartamentos más modestos. Poco valía el metro de terreno cuando comenzaron los primeros trabajos. El poblamiento progresivo y la jerarquía social acrecentaron los precios.

El desarrollo de La Rampa, donde todavía en los ’40 del pasado siglo subsistían solares yermos, motivado por el rápido impulso a las actividades financieras con bancos, empresas de aviación, venta de automóviles, pequeñas boutiques para gustos más refinados, cines, empresa de radio y televisión, además de los hoteles que circundaban el hasta entonces solitario Nacional, determinaron un salto espectacular en el valor de los terrenos. Empezaron a caer palacetes rodeados de hermosos jardines. Comenzó la construcción en altura como el Seguro Médico y el Focsa, junto a otros cercanos al mar, como barreras que interrumpían el movimiento natural de la brisa. Para el Vedado, eran los primeros síntomas de una muerte anunciada, como ocurriría algo más tarde con algunas megalópolis latinoamericanas.

El desmesurado crecimiento urbano en América Latina y en otras partes del mundo, la especulación edilicia y el deslumbramiento por una falsa noción de modernidad, arrasaron con centros históricos y con entornos construidos a principios del siglo XX. La edificación vertical y los monótonos suburbios de clase media anularon el encanto de los conjuntos caracterizados por sus marcas epocales. Ahora, se intentan proyectos de rescate. Las megalópolis resultan insostenibles por la creciente contaminación ambiental y por el costo de sus indispensables redes subterráneas. Porque la garantía de mantenimiento de casas y ciudades está en lo que no se ve. Las instalaciones hidráulicas deterioradas socavan muros y estructuras. El alcantarillado y las conductoras de agua y electricidad requieren enormes inversiones. Por otra parte, las tendencias actuales del desarrollo tecnológico favorecen instalaciones industriales compactas que emplean mano de obra cada vez más limitada. El porvenir previsible nos dice que La Habana habrá de ser un centro de servicios con polos científicos y educacionales de primera importancia y deberá potenciar además sus bienes culturales conservados en museos, archivos y bibliotecas. Este panorama coloca en primer lugar la dimensión humana, el hábitat y el entorno, donde las personas encuentran solución cercana a sus necesidades fundamentales y se rescatan las áreas verdes, las calles sombreadas, en suma, todo lo que pueda contribuir a un mayor bienestar en un clima cada vez más tórrido, beneficiado por el intercambio de brisas entre el mar y la tierra. Es la ciudad de las columnas de Alejo Carpentier, con sus interminables portales protectores del sol y de los intensos aguaceros. Nuestra gran oportunidad procede de que en la preservación de la ciudad de ayer está la matriz de la ciudad futura.

La operación de rescate exige compromiso ciudadano. La migración interna ha mellado el sentido de pertenencia, el amor por el barrio donde nacimos y crecimos, donde anudamos amistades y fuimos a nuestra primera escuela. En la nostalgia nace una semilla de amor por las cosas que nos rodearon alguna vez. Hay otras fórmulas para construir amor por lo que nos rodea mediante el trabajo pedagógico y la acción de los niños en la preservación de las cosas, como quien siembra una planta y disfruta al verla crecer. Nos preocupan ahora las conductas que calificamos de indisciplina social. Pero entre entorno y conducta hay un permanente proceso de interacción. Los basurales incitan al descuido y la depredación. Pero los problemas son siempre multicausales. Soñar la ciudad, ofrecer las primeras señales de cambio implica dar un primer paso a través de un arduo camino. Conceder la más amplia divulgación a lo posible, sin enmascarar la realidad, es también un paso necesario. Porque, para avanzar o para juntar voluntades, los seres humanos tenemos que fijar la mirada en un horizonte que, como la vida misma, será siempre movible.

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