Amar las glorias pasadas para adquirir las nuevas

Autor:

Roilán Rodríguez Barbán*

El 17 de noviembre de 2005, desde la histórica Aula Magna de la Universidad de La Habana, en un campanazo de alerta a todos los cubanos, Fidel reflexionaba sobre el futuro de la Revolución y la responsabilidad de las nuevas generaciones por preservarla: «Les hice una pregunta, compañeros estudiantes, que no he olvidado, ni mucho menos, y pretendo que ustedes no la olviden nunca, pero es la pregunta que dejo ahí ante las experiencias históricas que se han conocido, y les pido a todos, sin excepción que reflexionen: ¿Puede ser o no irreversible un proceso revolucionario? Cuando  los que fueron de los primeros, los veteranos, vayan desapareciendo y dando lugar a nuevas generaciones de líderes, ¿qué hacer y cómo hacerlo? Si nosotros al fin y al cabo, hemos sido testigos de muchos errores, y ni cuenta nos dimos».

¿Qué hacer y cómo hacerlo? ha sido la convocatoria permanente en todos estos años por la máxima dirección de la Revolución y el Partido. La mejor manera de enfrentar los retos que los albores del Siglo XXI han puesto ante nosotros es precisamente, al decir de Armando Hart Dávalos, profundizando y enriqueciendo la conciencia histórica.

Es necesario estimular el pensamiento junto a los sentimientos, formular nuevas interrogantes como antídoto principal ante la vaga memorización, la verbosidad estéril, las consignas vacías, los recetarios de hechos y cronologías que no remueven las emociones de nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Debemos reformular conceptos pedagógicos, de manera que los objetivos propuestos  estén en consonancia con las exigencias de nuestra sociedad y los desafíos de la contemporaneidad. En la hora actual que vive Cuba, estamos obligados a preservar la memoria histórica de nuestro pueblo y a transmitir ese legado de generación en generación.

El conocimiento de la Historia hay que alcanzarlo, no para vencer una comprobación en la clase, sino para unir mente y corazón en profundos sentimientos durante la vida. Escudriñar de manera creadora y atractiva cada enseñanza, revelar los valores, sacrificios, aciertos y desaciertos contribuye, mas que a relatar lo pretérito, a extraer todas las lecciones, para no cometer los errores anteriores, si tenemos en cuenta que pasado y futuro se entrelazan en un eterno presente.

Para ello el maestro debe ser un permanente investigador de la historia con todo el rigor científico, y no basta con esto; es necesario vivirla, sentirla y amarla. Nadie puede trasladar lo que no conoce, y mucho menos lo que no siente. Este profesional debe trabajar con la memoria de la nación, por eso es vital desentrañar las esencias más profundas a lo largo del devenir revolucionario hasta nuestros días. La Historia Patria es preciso enseñarla al ritmo de la vida misma, con toda la objetividad, transitando por los valores y errores de los seres humanos que la protagonizan, con sus conflictos, contradicciones, luces y sombras;  profundizando en lo trascendente, en lo que nos distingue como cubanos, reencontrándonos en sentimientos, actitudes y comportamientos consecuentemente revolucionarios.

Como vislumbrara Fidel en el Centenario del Inicio de nuestras luchas por la Independencia: «Nada nos enseñará mejor a comprender lo que es una revolución, nada nos enseñará mejor a comprender el proceso que constituye una revolución, nada nos enseñará mejor a entender qué quiere decir revolución, que el análisis de la historia de nuestro país, que el estudio de la historia de nuestro pueblo y de las raíces revolucionarias de nuestro pueblo».

Una verdadera clase de historia tiene que contribuir necesariamente a formar sentimientos morales y patrióticos. Esta debe estar llena de poesía, hacer que nuestros niños y jóvenes piensen y sientan como los grandes hombres y mujeres de nuestro país, como se ha afirmado, que sufran con sus derrotas y gocen con sus triunfos, que se emocionen con las hazañas de nuestros héroes; en fin, que admiren la historia de su pueblo.

Es necesario acentuar además, la importancia de la vinculación de su enseñanza con lo local para un mejor conocimiento y asimilación de lo nacional, porque allí está la porción de patria más cercana donde confluyen diversidad de vivencias y experiencias que debemos tener en cuenta.

La Historia de Cuba es además un manantial inagotable de valores que pueden y deben ser transmitidos. Estudiar la historia es una forma de adquirir valores y de inspiración revolucionaria; de manera que las nuevas generaciones tengan el máximo de conciencia de su papel, de lo que pueden hacer por su país, por la Revolución, y por su futuro.

No olvidemos jamás la irrefutable idea de nuestro Héroe Nacional José Martí que resume el porqué Historia, Revolución y Juventud son términos inseparables: De amar las glorias pasadas, se sacan fuerzas para adquirir las glorias nuevas.

*MsC. Cultura Económica y Política, Profesor Asistente.

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