¿Por qué obras incompletas?

Autor:

Osviel Castro Medel

Cuentan que los vecinos de cierto caserío intrincado necesitaban un camino transitable para la colectividad y por eso se encomendaron repetidamente a «instancias superiores». Así, unos años después, quedó aprobada la construcción de un terraplén.

A la sazón, se cavó en el sendero para extraer el fango y rellenar el desnivel con material compacto, pero cuando el surco estuvo abierto... los ejecutores fueron llamados para otra obra. Inexplicablemente, no volvieron.

De modo que el trillo, antes malo, se convirtió en cráter o laguna, según la época del año. Y al final —como suele decirse en el argot popular— resultó peor el remedio que la enfermedad.

La historieta, rematada con su epílogo incomprensible, no parece exclusiva de ese caserío fantasma o real. En todo caso, encaja en un fenómeno que magulla y estropea nuestra cotidianidad y cuya esencia es dejar las obras incompletas.

Si ahora mismo miráramos en retrospectiva recordaríamos algún bache célebre que empezó a ser «asistido» para curarlo; sin embargo, el tratamiento implicó una herida mayor en su cuerpo y en el de la comunidad.

Eso es extensivo a un salidero famoso, a una vetusta acera o una fachada demacrada, los que alguna vez empezaron a ser transformados y terminaron viendo pasar las estaciones, a veces convertidos en entorpecedores escombros.

En ese viaje a lo pretérito me viene a la mente el ejemplo de una teórica avenida que atravesaría parte del reparto Antonio Guiteras (en calle Línea, Micro V), ubicado en Bayamo, la ciudad donde vivo y escribo.

En el lugar en que hipotéticamente iba a nacer la arteria siempre hubo una zanja —crecida en las primaveras—, con posibles focos infecciosos y que, incluso, fue mencionada en el comentario ¿La vida sigue igual?, publicado en Juventud Rebelde en diciembre de 2005.

La historia empeoró cuando hace unos meses varias excavadoras la ahondaron y luego... se marcharon con sus jinetes a galope. Jamás volvió a tocarse, a no ser por un ejército de ranas y sapos, que cada noche ensaya su sinfonía para los vecinos.

¿No era preferible dejar la zanja con menos profundidad o al menos taparla rudimentariamente? ¿Por qué se comienza lo que no va a tener un final feliz?, cabe preguntarse para este y otros casos.

Claro que, en sentido contrario, hay muchas faenas ejecutadas con velocidad y eficacia. Esas son las que, a fin de cuentas, se agradecen y calan en la psicología de las masas. Pero un hueco a mitad de la calle puede mancillar el fulgor de diez edificios.

Necio aquel que, en posición de francotirador, obvie la coyuntura de la nación en que vivimos, obligada por sus flaquezas económicas a posponer reparaciones, arreglos y decoraciones. Mas, por eso mismo, tampoco valdría una actitud complaciente con lo que implicó gasto de recursos y tiempo y no fue coronado con una obra concreta en la realidad de los ciudadanos.

Además, cuando eso sucede queda en entredicho el papel de las instituciones populares, que tienen toda la potestad para exigir y velar por la consumación de cada faena iniciada en su entorno.

No en balde Raúl ha insistido en la necesidad de fortalecer todos los mecanismos vinculados con la gestión del Poder Popular. Y, por otra parte —que también se ajusta a este asunto— ha subrayado varias veces la importancia de la planificación y del ahorro.

Definitivamente, entonces, necesitamos obras completas y concretas, que nos remedien de lo truncado y de las nefastas chapucerías.

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