Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Sol y playa

Autor:

Graziella Pogolotti

Llueve. El calor abruma. Entramos en el verano tropical, tiempo de vacaciones en nuestro hemisferio. El mar es un imán que llama al disfrute del chapuzón en la costa.

El rápido crecimiento de la industria turística desde los 90 del pasado siglo, también ha apostado por el sol y la playa, servicio favorecido por un clima tropical. Las arenas se extienden por gran parte del litoral y las aguas transparentes se apropian de un espléndido colorido. Sin embargo, compartimos esos bienes de la naturaleza con todo el arco de las Antillas y con el cinturón tórrido que rodea el planeta. Esas ventajas atraen a muchos visitantes que llegan por «paquetes» desde las tierras cubiertas de nieve. En condiciones de bloqueo, apremiados por captar moneda dura y por fortalecer la infraestructura hotelera, el énfasis playero fue la alternativa correcta.

Una perspectiva de desarrollo debe tener en cuenta otros factores. En la actualidad, el turismo constituye uno de los grandes negocios a escala internacional. Cada vez más competitivo, produce ganancias, favorece el intercambio cultural. Semejante a lo que sucede en otros órdenes de la vida, es una moneda de dos caras. En un contexto físicamente vulnerable es depredador y puede enmascarar el comercio sexual o el consumo de estupefacientes. La masa que se mueve por el mundo no es homogénea. Incluye vacacionistas y curiosos.

El desarrollo del turismo tiene dos etapas: pre y post industrial. En el pasado hubo viajeros. Al ritmo pausado de coches tirados por caballos, recorrían países para conocer los valores culturales, y emprendían aventuras de mayor alcance para descubrir costumbres de sitios distantes y exóticos. Vinieron a Cuba desde el siglo XIX y, en algunos casos dejaron valiosos testimonios de su experiencia, reveladores de lo que somos a través de la mirada del otro. Durante la República Neocolonial, amparados por una organización todavía incipiente, comenzaron a llegar los norteamericanos, en la temporada invernal, atraídos por las ventajas de la cercanía, los encantos del ambiente latino, los carnavales y por lo diferente. Alguna que otra tienda ofrecía productos confeccionados para ellos, versiones deformadas y comerciales de lo supuestamente típico. Vendían maracas y objetos hechos de piel de cocodrilo. En la medida en que Europa se curaba de las cicatrices de la guerra, un nuevo turismo se volcó hacia el Viejo Continente. La compra del paquete resultaba más barata, ahorraba el esfuerzo de pensar un recorrido. Los organizadores seleccionaban lugares célebres. Las fotos y los souvenirs se acumulaban para compartir con los amigos, una vez de regreso o en casa. La avalancha se produjo de América a Europa. Los europeos seguirían el modelo, favorecidos por la conquista de las vacaciones pagadas y por el impulso a una sociedad de bienestar concebida para paliar los históricos movimientos de reivindicación obrera.

Ahora, la industria a gran escala induce a recorrer todos los continentes. Cuba se convierte en un polo atractivo, no solo por razones climáticas. Isla desconocida ayer, se colocó en un primer plano internacional a partir del triunfo de la Revolución. Su protagonismo comenzó con el desafío del pequeño David ante el gigantesco Goliat al defender los derechos soberanos de la nación. Después del derrumbe del socialismo europeo, las expectativas se acrecentaron. Iban y venían los periodistas. Apareció una curiosidad inédita por la creación artística y literaria del país. Para músicos, pintores y escritores empezó a abrirse un mercado, condicionado no solo por el valor intrínseco de las obras, sino por el significado de la marca Cuba.

Las negociaciones entre Cuba y Estados Unidos imponen un replanteo del tema del turismo. De eliminarse las restricciones a los viajes, se producirá un aumento considerable de la demanda. Sin descartar el acceso al sol y a la playa, los intereses habrán de multiplicarse con visitantes más cualificados. La cultura se constituye en un valor decisivo, portadora de lo diferente, de lo específico que caracteriza a nuestras ciudades, nuestra producción artística, nuestras tradiciones vivientes, nuestro modo de vivir y de compartir. Quizá algunos opten por los parques temáticos y por los campos de golf que tienen en sus países de procedencia. Pero muchos, los más calificados, y a veces los que disponen de más recursos, buscarán las zonas donde se manifiesta la vida real del país. Disponemos de un caudal por reconocer y descubrir. La Habana Vieja y Trinidad demuestran la alta rentabilidad de los sitios coloniales. Recuerdo mi primera visita a Gibara. Marginada y pobre, sin la prosapia de las villas fundadas por Diego Velázquez, ofrece un conjunto urbano de escala casi perfecta. Con el Festival de Cine Pobre, Humberto Solás la dio a conocer. Se ha integrado a un circuito turístico. Pero, cuidado. Tenemos que preservar la identidad de esos cotos, muy frágiles, por lo demás. Las inversiones deberán respetar la escala y el ambiente, tal y como ocurre con otros lugares pequeños, entre ellos Baracoa, con su entorno urbano y naturaleza privilegiados. De lo contrario, mataríamos la gallina que produce los huevos de oro. Los inversionistas extranjeros pueden ser nuestros aliados, pero desconocen los rasgos esenciales de nuestra historia y de nuestra cultura. Requieren asesoría de profesionales especializados.

El espacio no me alcanza para abordar un tema sustancial. Para asimilar adecuadamente el potencial crecimiento turístico, es necesario proceder a un intenso trabajo educativo y favorecer cambios en una mentalidad dañada en algunos aspectos por las dificultades económicas de los últimos tiempos. No debemos renunciar a nuestro modo hospitalario de recibir a los visitantes. Hay que hacerlo, como ha sido tradición, preservando nuestra dignidad personal y el orgullo de lo que somos. El asedio ahuyenta. El servilismo daña nuestra imagen. La conducta es un reflejo de la cultura, nuestra mejor carta de triunfo para lograr un turismo beneficioso y sostenible.

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