Las dos muertes de Norma Jeane

Autor:

Enrique Milanés León

Como el cobro de una gloria hipotecada, un día ese Olimpo implacable y seductor que es el Star System recoge y se lleva lo que dio. Lo está sufriendo en muerte nada menos que la diosa del siglo XX que el mundo dio en llamar Marilyn Monroe, musa y sex symbol que, como regla, solo afortunados muy poderosos tuvieron a solas en una alcoba.

A Marilyn le están quitando la fortuna mayor: su imagen. Resulta que, con la sangre fría de muchos sepultureros, Allan Abbott y Ron Hast, conocidos en Hollywood como «los enterradores de las estrellas» —¿puede tierra alguna enclaustrar la luz de una estrella?—, han destrozado en su libro Pardon, my hearse (Perdón, mi coche fúnebre) la estampa de la diva, a partir del estado del cuerpo inerte recibido en la morgue para hacer una autopsia que, ya sabemos, se pasó de polémica.

Abbott y Hast han destapado secretos que debían guardarse cual tumbas faraónicas y revelaron que ese día de agosto de 1962 en que el planeta perdía un pétalo, la actriz se iba al más allá con el pelo sin teñir desde hacía semanas, las piernas sin depilar, el cuello, amoratado… «Era como una mujer envejecida», cuentan en su libro.

Pero van más lejos, mucho más. Los enterradores nos dicen que esas curvas corporales en las que tanto mortal quiso estrellarse estaban ausentes, y exhuman pormenores más desconcertantes, como que Marilyn usaba prótesis mamarias para enaltecer sus pequeños senos y que, a los 36 años, empleaba dentadura postiza. En fin, que el forense tuvo casi que hacer de maquillista de cine para que el mundo pudiera enterrar a la figura que había creado.

Una fotografía, conocida no hace mucho, deja ver a la belleza vencida, sueño eterno en su cama, bocabajo como si quisiera ocultar justamente lo que Abbott y Hast acaban de describir con total desparpajo. En la foto, la rubia parece dejarnos la pregunta: ¿murió, en realidad, de una sobredosis de Nembutal?

Los detalles de esa triste figura sacados a la intensa luz hollywoodense contradicen una práctica que ha viajado siempre en el sentido del culto a la perfección. Cierta casa de subastas consiguió 348 000 dólares por el vestido de seda floreado —marchito ya, como su dueña— que Marilyn usó a menos de un mes de su muerte en la película Something’s got to give (Algo tiene que ceder). La vieja placa de bronce sustituida de su tumba en los años 70 por el desgaste que el toque de tanto fanático provocó, se vendió en 212 000 billetes esmeralda. Discos, cheques, contratos con su firma, fotos, libros, cartas, corpiños, delineadores y hasta una radiografía de su tórax fueron a puja en el recio mercado de sus admiradores.

¿Cuál es, entonces, la figura verdadera? ¿El rostro perennemente exitoso que Andy Warhol sembró en la retina de los terrícolas con tintes de arte pop, o el de una mujer terrenal que, a veces, supo estar triste, ser sencilla y tal vez hasta darse el lujo de estar fea?

Lo cierto es que, rodeando el lunar de su hermosa mejilla, había un ser humano que sintió la soledad de Hollywood y a menudo se refugió en el diario —perdido, como los grandes diarios— cuyas notas, más calientes en política que en sexo, quizá le costaron la vida.

No se llamaba Marilyn, ni era rubia ni tonta. Se ha escrito que nada menos que el novelista Truman Capote la encontraba «muy insegura», pero «muy, muy brillante», y que Hemingway y Joyce no faltaban en su librero de lectora. Luchó en vano por papeles más complejos que directores probablemente menos listos que ella —¿pendientes de su falda?— le negaron.

Una vez se atrevió a decir que en Hollywood había que pagar mil dólares por un beso y 50 centavos por el alma; y otra, que toda su vida fue un gran rechazo. Le pesaba la cruz de los famosos: «Ser un símbolo sexual es una carga difícil de llevar, sobre todo cuando uno está cansado, herido y desconcertado», afirmó.

¿Quién hablaba? La mujer que creció de una niña sometida a constantes custodias y que, ya a los 12, sabía lo que era más de una violación. La muchacha que se casó a los 16 para evadir un orfanato y siguió empinándose, de mano en mano masculina, hasta llegar al abrazo ilegal de un presidente sin percatarse de que los más fuertes aumentaban su vulnerabilidad.

Sus sueños eran dispares: ora quería «ser maravillosa», ora sentía fantasías de ser simple ama de casa. Una vez dijo que su cuerpo desafiaba la gravedad, pero el quinto día de un agosto que pocos olvidan, la gravedad la bajó a tierra para siempre.

A esta hora, poco importa lo que digan sus sepultureros: ellos, que buscaban a Marilyn, tienen firmes motivos para el desencanto. Alguien tendrá un día que hablar más de Norma Jeane Mortenson, la muchacha real que el sistema había matado mucho antes. Eran dos mujeres diferentes unidas al final por una coincidencia: el día que se les realicen autopsias más completas, se sabrá con certeza que a ambas las mató una implacable sobredosis de desamor.

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