¿Nadie quiere libros? - Opinión

¿Nadie quiere libros?

Autor:

Alina Perera Robbio

La voz de la profesora Nuria Nuiry me hizo viajar, de súbito, 25 años atrás. Siempre que hemos conversado telefónicamente sucede igual: vuelvo a ser la muchacha del aula en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, escuchando conferencias sobre la nación y especialmente sobre el pensamiento de José Martí. Las exposiciones de la maestra solían ser suaves y en tono bajo, como líneas sin principio ni fin, con lo cual se nos recordaba todo el tiempo que el conocimiento es infinito.

A lo largo de todos estos años he recibido más de una llamada de la Profesora Titular y Consultante de la Universidad de La Habana; de ella, quien ha ejercido la docencia por más de 50 años. Algunas veces ha sido para el elogio, otras, para rectificarme algún error. Pero la más reciente conversación de hace unos días ventila una historia como para ser meditada entre todos.

«No soy aquella que un día viste», me lo dice ahora que hace «algún rato» ha pasado la línea de los 80 años. Le respondo entonces para recordarle que la vida tiene sus leyes: «Tampoco yo. Pero creo que en esencia no hemos cambiado». La maestra, aligerando por razones imponderables ciertas cargas, ha decidido desmantelar y donar su biblioteca, que fue creciendo desde que ella tenía siete años y se subía a un árbol del patio trasero en su casa natal de Santiago de Cuba para leer algún texto.

La realidad es que le ha costado mucho trabajo encontrar destinatarios. Ha sentido incluso humillación por el silencio o la negativa de ciertas entidades a las cuales acudió para proponerles engrosar sus colecciones. «Casi nadie quiere libros, ni siquiera regalados», me dice estupefacta, y cuenta sobre cómo ha visto por las calles de su municipio libros tirados en las esquinas como material desechable, o sobre personas conocidas que han botado bolsas y bolsas con numerosos ejemplares.

Todavía ella tiene su hogar lleno de cajas con el contenido entrañable de lo que ha leído y atesorado en su espíritu. Algunas tendrán como destino al Centro de Estudios Martianos, otras irán para la Universidad de La Habana. Todavía sueña con un «Librero martiano» que pudiera nacer en alguna institución donde los profesionales acudan para alimentarse de él.

Nuria me ha comentado sobre bibliotecas de pensadores eminentes con las que en más de una ocasión no ha sabido qué hacerse, y se pregunta si es posible llegar a ser un buen profesional, incluso un hombre o mujer de bien, si antes no se ha bebido en las aguas de la verdadera cultura: la buena literatura impresa (y digo impresa porque me declaro incapaz de leer una colección de 20 000 ejemplares que alguien me regaló y que está en formato digital).

¿Será verdad que casi nadie quiere libros? ¿Libros regalados? ¿Será cierto que un tesoro tan valioso como el de mi maestra no logra encontrar nuevos lectores? Si la respuesta fuese cierta, me temo que estamos hipotecando la dimensión espiritual de lo que somos o pretendemos ser.

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