El Patriarca de los libros

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

Hace solo un rato que el cantío de los gallos despabiló la mañana. Camino cuesta arriba por la calle Máximo Gómez, una de las céntricas arterias de la ciudad del Yayabo, en busca de una dirección que me llegó vía correo electrónico. La nota insistía: «Si te gusta contar historias visítalo. Él es de esos seres inimaginables».

Mientras ando acompañada solo por mi grabadora, cientos de preguntas se agolpan en mi mente. Quizá he idealizado el encuentro. No sería la única vez, que un «pichón» de periodista se deje arrastrar por el primer impulso.

Después de transitar varias cuadras, el olfato de una auténtica espirituana me alerta de que estoy cerca. Sin mucha claridad pregunto al primer vecino que me topo y me señala un edificio de dos plantas. Frente a la puerta, tomo un respiro.

Toco el timbre. Dos veces fueron suficientes para que se abriera. Una empinada escalera se presenta sola. El asunto se torna aun más enigmático.

Con los 43 escaños a la espalda, otra puerta medio abierta delata que alguien espera a la intrusa que interrumpió el silencio de la mañana. Apenas cuelo mi cabeza y ante mis ojos aparece una casa poco común.

Las paredes pálidas, y su humedad, junto a la del techo, no han podido ocultar el paso del tiempo. Pocos asientos adornan las dos primeras habitaciones que diviso, junto a libros, revistas y periódicos. Grandes bultos fuera de estantes, amontonados por las esquinas, sin sincronía simulan una escena cinematográfica. Un halo de pasado y presente envuelve el espacio. Justamente, detrás de una de las acumulaciones, apareció de repente un señor muy mayor, delgado y con unos espejuelos inmensos.

«Busco a Ángel López López», digo apabullada por el ambiente. «Soy yo; pase y siéntese. Ya estamos conversando», me contestó.

Bastaron entonces algunos segundos para percibir que realmente mi visita había valido la pena. Frente a mí se «desnudaba» poco a poco un hombre que solo pudo cursar hasta el quinto grado, pero con una sapiencia a semejanza de un Doctor en Ciencias.

Con 85 años de edad, Angelito, como todos lo conocen, no ha olvidado ni un instante de su vida y de la historia espirituana. Con nitidez y exactitud sorprendentes, rememora cuando llegó a esa misma casa, siendo un niño; cuando aprendió mecanografía y las anécdotas contadas por sus padres venidos desde España, así como la de los amigos de siempre, encabezados por Segundo Marín, connotado historiador, quien como el resto se despidió del mundo de los mortales. Recuerda con nostalgia cómo vio al mayor embalse de Cuba «tragarse» la antigua edificación de la fábrica Río Zaza y cómo se «aplatanaron» los trabajadores en una construcción con tecnología más moderna a las afueras de la ciudad. Allí se jubiló y, aunque ha pasado mucho tiempo, su presencia no se olvida, no solo porque su nombre se registra en una placa, en la que están los fundadores, sino porque su experiencia fue aprehendida por quienes apuestan por la industria láctea.

Pero ese espirituano no tiene buena memoria por azares de la vida. Nació, a su juicio, con un extra, una pasión: la lectura, que lo ha ayudado a mantener «respirando» su mente.

«Lo mío es leer sobre política, economía e historia, sobre todo la de Sancti Spíritus. Ahí están muchos de los libros, periódicos, documentos y fotos que he revisado. Nadie me enseñó. Gracias a ella soy un hombre más completo», expresa con la autoridad de quien se sabe dueño de un tesoro.

López López cada semana visita la librería. Los nuevos títulos provocan que adelgace su chequera y que se engrosen los bultos de ejemplares esparcidos por toda la casa, los cuales nunca han sido prestados porque no imagina quién los pueda cuidar mejor.

«A veces pienso que debo buscarles un destino cuando me vaya para el Kilo 12 (donde está el cementerio). No se pueden perder. Sería un crimen de la humanidad», destaca con el último vocablo ahogado en un silencio ensordecedor.

El tiempo no se detiene y Angelito junto a él continúa envejeciendo. Y aunque vive solo se siente acompañado por sus más fieles amigos, esos que revisa una y otra vez. Al despedirme me insistió en que regresara. Nuevas historias que contar aún aguardan en la memoria de quien se autodenomina un ratón de libros viejos.

Y no lo dudo. Intentaré regresar porque ya la calle Máximo Gómez, esquina a Silvestre Alonso, en Sancti Spíritus, tiene otra connotación. Sé que en lo alto conviven pasado y presente; historia y leyenda; sabiduría y tradición, bajo el cuidado perenne del Patriarca de los libros.

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