El Estado y la sociedad

Autor:

Graziella Pogolotti

Un artículo de Emir Sader en el diario argentino Página 12 subraya, en un lenguaje periodístico al alcance de cualquier lector, la instrumentalización ideológica neoliberal de las campañas tendientes a favorecer el adelgazamiento del papel del Estado en la sociedad. El asunto le toca de cerca, porque en Brasil, so pretexto de combatir la corrupción, se manifiesta la intención de derrocar el Gobierno dirigido por el Partido de los Trabajadores, para privatizar la estatal Petrobras y rebajar gastos en programas sociales.

El tema parece ajeno a nuestro contexto. Más distante aún, el proceso griego evidencia la acción implacable del capital financiero. Allí, los gobernantes tuvieron que ceder a las exigencias impuestas por los dueños de una impagable deuda externa con violación del espacio nacional y de los principios democráticos, dado que el pueblo, convocado a referéndum, expresó su negativa ante propuestas que acrecentarán su miseria.

Lejos de establecer comparaciones entre el acá y el allá, importa sobre todo entender los complejos rejuegos del mundo en que estamos involucrados.

La confrontación ideológica se manifiesta entre quienes sostienen la alegre autonomía de los mercados y aquellos otros que, sin llegar a plantearse una perspectiva socialista, conceden al Estado las facultades de orientar una más justa distribución de la riqueza mediante la implantación de políticas fiscales, la nacionalización de fuentes económicas básicas, la gratuidad de la enseñanza y el respaldo a un sistema equitativo de salud pública. Este enfoque tiene que contar con el acompañamiento de políticas exteriores soberanas, orientadas a favorecer alianzas regionales con programas comunes en el intercambio comercial, en las barreras impuestas a la intervención imperial y en la posible conformación de bloques financieros, todo ello, con el propósito de afianzar sociedades más inclusivas. En esta dirección apuntaban los sueños de los libertadores más preclaros.

Entre golpes y contragolpes, América Latina ha sobrellevado una lucha centenaria. El patio trasero conoció, a lo largo del siglo XX, la presencia de cañoneras y la entrega de sus riquezas. La respuesta a la Revolución Cubana, ejemplo de resistencia, fue la instauración de dictaduras militares que respaldaron la imposición del modelo neoliberal. Aparecieron entonces gobiernos populares. La reacción no se haría esperar, aunque ya no estamos en los días de Teddy Roosevelt. Los métodos son más sofisticados. La subversión se diseña según las características de cada país. Puede valerse de la violencia interna aliada a conflictos fronterizos, de los intentos de golpe de Estado y de la artillería combinada de los medios masivos. Solo así puede entenderse que sectores humildes resulten víctimas de retóricas populistas y actúen, mediante el voto o la participación en revueltas y manifestaciones, obnubilados por la propaganda, contra sus intereses más legítimos.

La estrategia neoliberal empieza a configurarse con la Guerra Fría. Apunta hacia el dominio planetario del poder hegemónico. El adelgazamiento del Estado socava el necesario contrapeso a la alegre expansión del mercado. Su núcleo duro es económico. Se apuntala en eslabones que pulverizan la capacidad de autodefensa de los seres humanos. Permea las ciencias políticas. Irrumpe, a modo de avalancha, sobre los medios masivos. Subvierte el sistema de enseñanza y esteriliza la cultura con fórmulas de entretenimiento.

Bajo esa sombrilla toma cuerpo, impúdica y arrogante, una nueva derecha con un discurso que, hace apenas 30 años, hubiera sido inaceptable por sus rasgos grotescos. Sin embargo, mediante la multiplicación del mensaje, lo que hoy bordea el absurdo puede vulgarizarse al extremo de convertirse en algo normal. No podemos equivocarnos. Tras el payaso de turno, contribuyente eficaz al descrédito de la política, existe un pensamiento coherente, elaborado, con un alto grado de sofisticación.

En una reseña del libro Cuba en el imaginario de los Estados Unidos de Lou A. Pérez, publicada en el más reciente número de la Revista Casa, Ricardo Alarcón alude a textos del politólogo Zbigniew Brzezinski escritos a fines de los 60 del siglo XX. El futuro consejero de seguridad del presidente Jimmy Carter señalaba entonces que las nuevas tecnologías llegarían a ser los medios eficaces para manipular el individuo aislado. Es lo que sucede hoy con la adicción a juegos y formas de entretenimiento cada vez más extendidos. La acción opera —y es bueno reiterarlo— sobre el individuo aislado, vale decir, enajenado de sus contextos sociales y hasta de su entorno cotidiano más inmediato.

La respuesta ante la ofensiva no se encuentra en el rechazo a las nuevas tecnologías. Todo lo contrario. Cuanta ventana pueda abrirse hacia más anchos horizontes del saber es útil para todos. Hay que desmontar los mecanismos de la manipulación. Para ello, el pensamiento de izquierda debe alcanzar mayor coherencia, hondura, complejidad y fuerza de convencimiento ajena a retóricas gastadas y, a la vez, alerta ante la retórica de apariencia innovadora. Se impone un pensamiento crítico, verdadero desafío para maestros y formadores de opinión pública.

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