¡Vida!

Autor:

Marianela Martín González

Esta semana, al menos para «mi órbita», ha sido pródiga en noticias adversas: muertes accidentales de familiares de amigos, criaturas que nacieron marcadas por desajustes genéticos, esperanzas que emprendieron su carrera espantadas por el desencanto…

En medio de tales coincidencias, más de un conocido me convida a escribir; y finalmente accedo para defender que existir es un milagro —para que cada uno de nosotros pudiera disfrutar de esta maravilla que es el planeta habitado, muchos astros tuvieron que alinearse—; razón más que sobrada para disfrutar intensamente de cada segundo…

Tal vez los incapacitados para ver la maravilla se pregunten a qué me refiero: Caridad, la asombrosa anciana que cuida de la salud de los gatos en la habanera avenida de Ayestarán, y una de las responsables de que yo haya llenado esta cuartilla, pudiera ayudarnos a encontrar la hermosura circundante que a veces miramos y no vemos, que está hecha para alimentar nuestras almas, pero que en ocasiones desperdiciamos, por saber usar los ojos solo para descubrir dimensiones, colores y contornos de lo obvio.

Esta mujer, fruto de una pareja condenada en su época a la censura racial, lleva años batallando contra un cáncer y aun así todos los días alimenta a casi medio centenar de gatos y a cuanto perro afligido merodee por su barrio. Saca fuerzas para regalar vida a esa comunidad de felinos, que llama la atención por su diversidad cromática y las cabriolas que estos animales practican.

Una amiga que en este mismo instante tiene a un familiar en estado de coma, ha sublimado el movimiento de uno de los pies del paciente, porque en este pequeño detalle subyace la esperanza de una vida que puede salvarse. Ella, que está de un sobresalto en otro por la suerte del ser querido, pudiera también desmenuzar la belleza de existir y hasta reducirla al valor de un simple gesto mecánico.

Diego, un niño que nació muy lejos de esta Isla, fue diagnosticado Síndrome de Down cuando estaba en el vientre materno. Sus padres decidieron que naciera y a sus escasos días de vida los progenitores minimizan un trastorno cardiaco que le fue diagnosticado. Ellos ven con esperanza las posibilidades de que él crezca feliz. Ellos creen que el amor obrará el milagro de salvarlo.

Vivir es un milagro, una dimensión, un estatus que a veces la propia cotidianidad no nos permite valorar en toda su trascendencia. Pasamos mucho tiempo alelados en lo factual, y es tan así, que estar en este mundo es un suceso que damos por sentado. Deberíamos, sin embargo, detenernos alguna que otra vez en el asombro de ser mejores y entender el sentido de nuestras batallas, esas sin las cuales nuestras existencias no fueran una verdadera conquista.

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