Ida

Autor:

Juventud Rebelde

«Desde que llamaste por teléfono estoy buscando, rescatando lo que guardo de Ida [González Núñez (La Habana, 1948-2015)]». Así me recibió con forzada entereza su esposo y compañero de labor, el doctor Manuel Díaz Jidy.

«Fue ejemplo de sencillez y dedicación», comenzó a leerme un pliego sobre su señora redactado por él. «Se graduó de médico en 1973; cumplió misión en Angola de 1983 a 1985».

Se detuvo. Tragó saliva. Continuó. «Con la aparición del sida en Cuba, el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK) estableció una consulta de pediatría para atender a los niños VIH/sida. Ida les brindó una atención esmerada; conocía al detalle la condición clínica, el entorno social, los problemas de sus pacientes».

Volvió a detenerse. Tomó aire. «La consulta significó un reto profesional y humano. Estuvo al tanto de sus infantes desde su venida al mundo. Hizo lo posible para mejorarles y prolongarles la vida. No había tratamientos. Los primeros se enfocaron en adultos. Debió adecuar formulaciones para niños. De esa época data el libro Sida pediátrico en Cuba. Nunca se imprimió, ella lo manufacturó. Recoge su práctica entre enero de 1986 y diciembre de 1995. Entonces parieron 40 mujeres seropositivas al VIH, un 9,7 por ciento del total».

Respiró gordo. «Formó a generaciones de pediatras para atender a los muchachos; fungió como coordinadora de la maestría de enfermedades infecciosas y tropicales; difundió temas afines a su especialidad; impartió cursos académicos dentro y fuera del país».

Jidy fue mi médico del IPK por espacio de diez años. Me amparó cuando enfrenté el diagnóstico. La muerte acaba de separarlo físicamente de su compañera. Él saca fuerzas de su amor compartido para rendirle este homenaje póstumo.

«Ida tutoreó tesis y doctorados; participó en estudios asociados a las enfermedades infecciosas; publicó más de 60 artículos en la nación y el extranjero; el logro Trasmisión vertical del VIH/sida en Cuba, de cuyo grupo de autores fue autora principal, mereció por su impacto social el premio especial del Citma y la comisión de mujeres científicas; en la dirección del IPK hay dos o tres galardones de este tipo, no más, ¡uno es suyo!», dijo como si ella estuviese aquí, reteniendo el diploma en su regazo.

«Obtuvo cuanto título o categoría sueña un sabio cubano: especialista de Primer Grado en Pediatría y de Segundo en Neonatología; investigadora titular y profesora titular en Pediatría; Doctora en Ciencias Médicas; profesora consultante… Fue excelente madre y esposa…»

Al cónyuge se le rasgó la voz. «Acumuló más de 41 años de vida laboral». Se detuvo por tercera vez. «Falleció el 19 de septiembre, tras luchar durante 40 meses contra un cáncer de mama». Sus ojos se mojaron. Le rocé las canas como a un padre. Eso ha sido para mí: padre, amigo, médico.

«Otros rasgos de Ida fueron su tenacidad, constancia, fidelidad». Sentí los latidos de su corazón. «Cariñosa, se la pasaba trabajando para ella, su familia y sus pacientes; ¡como dijo el Papa, vivía para servir!».

«¿De qué modo pudo servirme a mí?» —le palmoteé el hombro— «¿Acaso en el acto de ayudarlo a usted?». «Claro» —contestó—, «me creaba las bases para que yo estuviese bien».

Lo más elocuente del diálogo con Jidy fueron sus suspiros vencidos, la certeza de que su amada, partiendo, no se fue. «La gorda», le dice su hija menor, subyace en el IPK, en la memoria del personal que, llegando al instituto, sale a espolearme: «¡Escribe sobre Ida, salva su viaje!».

Mirando bien, ella lo inmortalizó en el esfuerzo diario. Luego partió como los grandes, con su bata blanca, envuelta en silencio. No voy a estropeárselo. Me abstengo de firmar este réquiem. Sirvo a una mujer que vivió para servir. (Testimonio de un amigo de la familia)

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