El «Matojo» de Camilo

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

El campamento amaneció diferente. Los hombres espabilaron esta vez a los gallos. El trajín, acompañado de un susurro inusual, anunciaba una jornada sin precedentes.

«¡Ya se acercan!» —gritó desesperado, quien desde la primera posta llevaba horas con los ojos avivados para que el sueño no se le colase. De súbito, todos aceleraron los movimientos para culminar cada una de las acciones.

«A los de afuera se les ofrecen todos los honores y más cuando se trata de una leyenda» —pensó el líder principal, acomodándose la ropa raída por el tiempo y los infortunios del monte.

Sin tiempo para alertar al resto de sus hombres, se abalanzó hacia el puñado de guerrilleros recién llegados con olor a pólvora y mugre, a sierra y llano, a cansancio y libertad. Del otro lado, el de la sonrisa eterna le estrechó la mano con una energía desbordante. Luego fluyó la conversación entre ambos jefes. Parecían amigos de toda la vida.

Así recuerda el octogenario yaguayajense Luis Manuel González Castro, su primer contacto —hace 57 años— con la Columna 2 Antonio Maceo, liderada por el Comandante Camilo Cienfuegos, desde la Sierra Maestra, en Jobo Rosado, un paraje pintoresco con naturaleza rebelde, confidente fiel de quienes se unen a ella para hostigar al enemigo. Aunque los años intentan borrar de su memoria algunos hechos, no olvida ni un solo detalle:  todos miraban asombrados al guerrillero de barba tupida, adornada con dientes blancos; de verbo jovial y sincero, de mirada preocupada, de caminar campechano, capaz de disimular la fatiga de tantos días de bregar por caminos desconocidos.

«Todo el mundo quería ver a Camilo. Lo esperábamos desde hacía días. Nos habían contado tantas historias que sin conocerlo sabíamos que él nos haría triunfar», dice con la voz gastada, pero los ojos llenos de picardía como un infante.

Después de que el visitante conoció cuál era la realidad de la lucha armada en la región norteña de la actual provincia de Sancti Spíritus y, sin tiempo para el descanso, exigió conocer al resto de la tropa. Un estratega militar debe identificar quiénes lo acompañarán.

El Comandante Félix Torres se encargó personalmente de presentarle a cada uno de los prácticos, esos que caminaban con los ojos cerrados por los serpentinados trillos que se entrecruzan en el vientre del monte y a quienes ni el oído más aguzado podía escuchar.

«Camilo, este es Alberto Torres; Cortés y sus hijos, y aquí están Cheo, Manigua y su hermano…», pero la frase quedó cortada. El acto formal se vino abajo, al estilo del Señor de la Vanguardia, quien soltó una de esas «camiladas», que más tarde se afianzaron como naturales por la zona.

«Pues si este es Manigua, tú —dijo apuntando a la cara del guajirito deslumbrado— serás Matojo», retumbó en el campamento.

Desde entonces, Luis Manuel perdió el nombre. Orgulloso de su apodo, lo grita al viento porque desde entonces su vida cambió, porque Camilo le enseñó a enfrentar los contratiempos lógicos, justo con la dosis exacta de una sonrisa concentrada.

«Él era recto como nadie. Pero su jovialidad y ternura domaban al más rebencú», me dice, aunque apenas se le escucha porque unas gotas le mojan sus mejillas.

Cada octubre, Matojo revive una y otra vez aquel y otros tantos hechos acompañados de la mano del Comandante Cienfuegos Gorriarán. La historia se empeñó para que el décimo mes jamás le sea indiferente.

«Sin imaginar lo que sucedería, me despedí de él cuando me licenció en Ciudad Libertad. Quince días después, al conocer la noticia de su desaparición, me volví como loco. Salí a peinar la zona y aún no me conformo». A esas últimas palabras la tristeza las ahoga.

Y es que él sabe en el fondo que el legendario Héroe no solo de Yaguajay, sino de Cuba, aún está vivo entre los cubanos. No en balde, su memoria se aferra a aquellos días de gloria y camina entre la maleza, donde una frase le hace sonreír hasta la eternidad: «Tú serás Matojo».

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