¿Qué diría Pijirigua?

Autor:

José Alejandro Rodríguez

El inolvidable Enrique Núñez Rodríguez vendió su bicicleta para goce de tantos lectores que lo seguirían como a un rapsoda de la cubanía y el ingenio. Y este periodista, que trabaja para el día y la hora, regaló su vieja máquina de escribir Robotrón cuando, pobre migrante digital, accedió al irreversible mundo de las computadoras.

Desde entonces, cada vez que software o hardware se insubordinan, el disco duro se rebela o falla la electricidad, añoro mi recia Robotrón, con su duro teclear. Y extraño mucho más a su antecesora, aquella romántica Underwood, heredada de mi padre, donde escribía con desafuero poemas adolescentes que, impulsos de poeta fustrado al fin, morían al instante como espermatozoide sin rumbo.

Como ningún lector me espera en la eternidad, y escribo para el día, cada vez que se cae la «conexión» tengo que dictar desde mi casa y por teléfono* la sección Acuse de Recibo, manuscrita a papel y lápiz, así como reportaba desde Palacio y para el Diario de la Marina Juan Emilio Friguls, aquel evangelio de la noticia que nos acompañó hasta el final.

A fin de cuentas, el periódico sigue viviendo de la palabra. Pero cuando te dicen en cualquier oficina pública o mostrador: «Se cayó la conexión», ¡prepárate para lo que viene! Porque entonces se calla quien debe atenderte, hasta que se restablezca el prodigio de los gigabytes. De un plumazo se esfuman bases de datos, estados de cuenta, listados, turnos, inscripciones… Es un designio cotidiano desde que la economía y la sociedad cubanas se inician en el gradual y zigzagueante proceso de digitalización, que podría tomar prestado el título leninista: un paso adelante, dos pasos atrás.

Sí, porque la digitalización a la cubana, con mil limitaciones desde el acecho exterior, y no menos desde adentro, nos ha hecho vulnerables en nombre del avance tecnológico.

Cuando la conexión se cae… se paraliza medio país. Y se descubre que en muchos sitios hay una total dependencia cibernética, al punto de que no llevan registros, balances y procedimientos a punta de lápiz, como reserva para situaciones excepcionales.

No es negar el progreso, ni retarlo. No es volver al ábaco y desdeñar la calculadora. Pero lo cierto es que hoy muchos, a fuerza de no hacer cuentas hace años, ya olvidaron sumar, restar, multiplicar y dividir.

Sencillamente es comprender cabalmente que las tecnologías de la información son eso: tecnologías que nos facilitan, aceleran y expanden el conocimiento. Debieran comunicarnos más como seres humanos y no aislarnos, pero en el propósito de disfrutarlas y aprovecharlas al máximo, ciertos «tecnofílicos» crean una dependencia absoluta de ella, al punto de que van inutilizando las potencialidades que hay dentro de ellos mismos como seres pensantes.

Con la sumisión a los artilugios digitales, hay quienes se obnubilan de diversas maneras, al extremo de clausurar los circuitos de comunicación ancestrales de la especie humana, rostro a rostro, boca a boca. Caminan con la música al oído, o conectan wifi, y de tan ensimismados no escuchan el ruego del prójimo ni distinguen los latidos y rumores de la ciudad. Chatean con el fin del mundo y no conversan con el de al lado, no reparan en el vecino y mucho menos en la belleza de un atardecer o en el zunzún que liba de una flor a solo dos metros.

Las tecnologías avanzan, pero no niegan los códigos de comunicación heredados de la evolución humana. Más bien contienen esos antecesores. Irremisiblemente, cada vez más seremos seres digitales, pero sin amputar todo lo que hemos heredado de lo analógico, lo Gutenberg y hasta la comunicación oral de los antiguos aedas. ¿Alguien podría negar la elocuencia de una mirada o un gesto cara a cara? Ya desde una visión más estratégica de la evolución del mundo, de vez en cuando la literatura de ciencia ficción, la futurología, y hasta ciertos sectores del pensamiento científico nos aterran con la posibilidad de que algún día la máquina supere y domine al hombre hasta escamotearle gradualmente sus poderes racionales.

Me niego a aceptarlo. ¿Podrán los gigabytes reproducir la emoción y el sentimiento, y negarse a la injusticia y al holocausto?

Por lo pronto, si la vaquita Pijirigua de Pedro Luis Ferrer conociera que además de la inseminación artificial ya hoy se practica el sexo virtual, de seguro seguiría empeñada en hacerlo… a la antigua.

*Este comentario fue dictado por teléfono porque «se me cayó» ayer la conexión

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