La Zanja (XIV parte, ¿y final?)

Autor:

Osviel Castro Medel

Hace 14 años el admirable dúo Buena Fe lanzó esa canción del «renacuajo azul» y «las chismosas calandracas», cuyo estribillo alude a una zanja que «no está en el mapa de la ciudad».

Y hace 14 años, coincidentemente, a los vecinos de Calle Línea, en Micro V, en el reparto bayamés Antonio Guiteras, les nació una zanja similar a la que hace referencia el grupo. No era, al menos, maloliente; no surcaba un barrio «al que la prensa llama tiernamente periférico», pero sí tenía varios puntos coincidentes con la de los músicos, sobre todo porque no parecía haber aterrizado nunca en un mapa, un proyecto, un mínimo atlas...

Al mudarse al lugar, los ciudadanos, esperanzados en la categoría de «nuevos residentes», creyeron que en el futuro mediato el canal que veían en épocas lluviosas se convertiría algún día en avenida, en modesta arteria o tan siquiera en terraplén decoroso con un «mejoramiento». Sin embargo, nada; hasta el fango de hoy.

Cuando notaron que la incómoda «trinchera» alargaba su existencia ante los ojos de todos, ellos plantearon el asunto, lo elevaron en reuniones, lo trasladaron a actas vaporosas. Y todo sin éxito.

Lo peor es que muchos cayeron en un estado de decepción, pues comprobaron que otras edificaciones surgidas años después tuvieron su pavimento, su arreglo «antizanja». Y que mientras la campaña antivectorial cobraba fuerza en la ciudad, casa por casa, para luchar contra agentes infecciosos y tratar de evitar consiguientes brotes de enfermedades, la zanja seguía y sigue ahí, presta a cumplir sus 15 primaveras, como si con ella no fuera.

En realidad, estas líneas conducen de manera inevitable a plantear interrogantes que van más allá de la historia de un surco acuático. ¿Es el único caso en el que afloran incoherencias pasmosas? ¿Cuánto valor pueden tener los reclamos públicos de los vecinos cuando un problema se alarga y se alarga hasta convertirse casi en un absurdo? ¿Qué hacer cuando los mecanismos de respuesta de la base parecen enredarse en círculo vicioso que desemboca en la «falta de recursos» o en «ese asunto se mantiene pendiente»? ¿Al final, terminan los individuos acostumbrándose a las dificultades cotidianas?

Tal vez surjan respuestas dispares. Mas, esta pequeña novela, nos revela, por su repetición en varios escenarios, otros huecos en nuestra planificación y en nuestras maneras de afrontar, explicar y resolver asuntos cotidianos.

Y nos sigue diciendo que todavía necesitamos poner más en práctica conceptos elementales, varias veces esbozados por Raúl, que están vinculados a una mejor organización, la proyección congruente y el fortalecimiento de las estructuras del Poder Popular.

Esas mismas pautas están emparentadas de algún modo con la  complicada batalla que libramos por eliminar las promesas incumplidas, los errores injustificados y los dislates repetidos.

No es que pretendamos curar milagrosamente cada agujero en el camino. Algún día la aspiración debe ser esa, pero mientras tanto, tenemos que ir edificando un país con la menor cantidad de contrasentidos posibles, donde todos los focos, las zanjas y los entornos ásperos que influyen en la psicología de las colectividades aparezcan en los mapas de los planificadores.

¿Son sueños imposibles? Creerlo es resignarse a la nociva postura de las inercias y equivale a que nosotros mismos le echemos basura a la zanja, con todo lo que entraña ese símbolo. Y la gente, parafraseando a Buena Fe, nos está pidiendo otra canción del medio ambiente, una canción diferente sobre la vida, el bienestar, la riqueza espiritual y la esperanza.

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