Mi rinoceronte blanco

Autor:

Enrique Milanés León

Aunque parece que a unos cuantos no les importa, cada día nos quedamos más solos. Hace muy poco, a los 41 años, murió Nola. Vivía en el zoológico californiano de San Diego y era una de los cuatro rinocerontes blancos del norte que le quedaban a este planeta. Habrá que llamar a Marte o a Venus para ver cómo andan las cosas por allá, pero en la Tierra sacar la cuenta no requiere mucho esfuerzo.

Hace 50 años había unos 2 000 animales de la subespecie, mas esa gran puntería que tiene la maldad humana para «suicidarnos» a todos, sin permiso, nos trajo hasta aquí.

Nola, que «había llegado» a San Diego en 1989 desde República Checa —como el Hombre, otros seres amenazados por los fusiles se ven obligados a refugiarse—, era vieja y padecía una artritis de doloroso tonelaje hasta que una infección bacteriana terminó sus días de «rina» exiliada a solas, obesa Penélope añorando en vano la compañía de un igual.

Meses antes, en julio, se había ido para siempre otra expatriada: Nabire, cuyo lento ascenso al cielo de República Checa dejó a Europa sin su único animal de este talante.

Es desgarrador que en esta esfera tan grande que da cobija a unas 8,7 millones de especies queden apenas tres rinocerontes blancos del norte, todos en Kenia: Sudán, el macho de 42 años al que, por su edad, el mundo ya no puede exigirle que logre descendencia, y Najin y Fatu, madre e hija de 26 y 15 años, respectivamente, que parecen condenadas a fenecer sin conocer las rudas caricias de un galán.

Los tres sobrevivientes moran en la reserva de Ol Pejeta con la amarga protección del asediado. El operativo de salvaguarda, que incluye guardabosques, perros adiestrados, aparatos de GPS, avionetas, brechas de seguridad y hasta información de inteligencia en las comunidades cercanas para anticipar el paso de los cazadores, requiere 75 000 dólares por semestre cuando un recurso silvestre, el amor de nuestra especie, debiera ser suficiente.

Ya no quedan, libres en la naturaleza, estos portentos. Los últimos en estado salvaje poblaron el parque nacional Garamba, en la República Democrática del Congo, pero desde 2006 ninguna pupila humana ha podido celebrar la fiesta de su estampa. No, no se puede decir que nos dejaron; los dejamos nosotros.

De su pariente, el rinoceronte blanco del sur, restan alrededor de 20 000 ejemplares entre Sudáfrica, Namibia y Zimbabwe, mas la cifra no tranquiliza del todo porque se sabe que las balas se reproducen más rápidamente. Y del de Sumatra, otra variante de este mamífero formidable, apenas le queda al mundo un centenar, varado en Indonesia.

Entre las subespecies de negros y blancos del sur, los cazadores liquidan tres rinocerontes por día, un ritmo que la naturaleza no puede reponer. Mientras en el año 2 000 se mataron en África siete rinocerontes, 14 años después el crimen se elevó a 1 215.

El móvil está en su cuerno, supuesto afrodisíaco y remedio contra el cáncer, según los compradores asiáticos, cuando en realidad esta asta «maldita» contiene apenas queratina, la común proteína que todos llevamos en uñas y cabello. Un kilogramo de cuerno llega a pagarse hasta a 80 000 dólares, y uno solo de ellos promedia los cinco kilogramos.

¿Cuánta agonía animal hay tras las ocho toneladas de cuernos traficados solamente en Sudáfrica en 2014? ¿Cuánta tragedia biológica en esos tres millones de euros que pararon a manos de mercaderes de vidas?

El origen del crimen recuerda la torpeza de los nobles medievales que enviaban cazadores a la India con el encargo de matar ¡unicornios! y despojarlos de sus cuernos para alargar, en brebajes, la vida de los ricos. Los pillos de entonces llevaban a sus jerarcas, entre otras falsificaciones, justo eso: cuernos de rinocerontes, pero no faltaba sangre en la mentira.

A diferencia del mítico unicornio, el rinoceronte sí es ahora una víctima real. Imposible ya el método «a la antigua», fallados los intentos de inseminación artificial, parece que solo nos queda la esperanza de la fertilización in vitro de Fatu o Suni con esperma previamente congelada antes de que un trovador sensible se tenga que inspirar en un dolor azul para cantar la auténtica pérdida de un rinoceronte blanco que el mundo dejó, pastando al norte, y desapareció.

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