Violencia que no se ve

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

Yanetsy está despedazada. Fue víctima de un hecho violento, a la vista de muchos y pocos lo advierten. Gritos que ridiculizaron y destruyeron sus creencias culturales. Expresiones negativas desvalorizaron su imagen. Golpes imaginarios que laceraron su psiquis y espíritu.

Tal es así, que ella, una intelectual «fuera de serie», con una capacidad extraordinaria para enfrentar cualquier contratiempo lógico de la vida, hoy no sabe qué hacer. Muchas son las heridas internas que no encuentran el remedio para evitar agresiones similares, no solo a ella, sino al resto de las féminas que son ultrajadas con «puñetazos verbales», «miradas intimidantes» y hasta el «silencio despectivo».

Y si alarmante resulta la existencia de este tipo de hechos que atentan contra la integridad psíquica y emocional de la mujer, aun preocupa mucho más que se asuma como algo normal en nuestra sociedad. Minoría es la población que concibe  aquellos sucesos que no dejan marcas físicas como manifestaciones de violencia, ya que existe baja percepción del fenómeno y mínimas expresiones de denuncias.

De acuerdo con investigaciones académicas, los hechos violentos más frecuentes en Cuba contra las mujeres son los que ocurren en al ámbito intrafamiliar, en todas sus gamas, con predominio en la psicológica y emocional. Cada uno de ellos es el resultado de diversas causas, naturalizadas para la mayoría gracias a los mitos que entorpecen su denuncia y enfrentamiento. Por ello, sus víctimas no siempre encuentran un camino que les ayude a viabilizar el problema.

Debería explicarse que en algún momento de nuestras vidas hemos sido víctimas de violencia psíquica o de aquella contenida en expresiones como que «a ellas les gusta el abuso, si no, se marcharían». Ante todo, se trata de comprender que las mujeres maltratadas están en una situación de debilidad y escasa o ninguna autoestima.

Por fortuna, diversas instituciones y organismos de nuestro país trabajan constantemente, tanto con hombres y mujeres, a fin de que reconozcan, en primer lugar, que violentar a una fémina significa mucho más que un golpe físico, resulta, sobre todo, la manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre los géneros.

Sin embargo, aquí los logros en la promoción de cambios en la cultura patriarcal dominante y a favor de la No violencia hacia las féminas todavía no son suficientes. A diario el imaginario social, tanto en espacios públicos, institucionales y medios de prensa, asigna valor al ejercicio de las masculinidades y feminidades hegemónicas, desde un sistema de dominio masculino generalizado a toda la sociedad.

En Cuba no se cruzan los brazos y se apuesta por revertir la realidad, con políticas públicas como las acciones efectuadas aquí al formar parte de la Campaña ÚNETE, para poner fin a la violencia hacia las mujeres y las niñas, lanzada por Ban Ki-moon, secretario general de las Naciones Unidas, en 2009; también lo expresado en los objetivos 55 y 57 de la Primera Conferencia del Partido Comunista de Cuba, el trabajo constante de la Federación de Mujeres Cubanas, los estudios académicos y el quehacer de instituciones de diferentes sectores. Mas, aún sigue siendo un desafío materializar los diagnósticos para transformar el comportamiento y formas de pensar de la ciudadanía.

Para ello se precisa, definitivamente, que cada ser social se sensibilice, y crea que el mundo contemporáneo necesita de acciones y actitudes que derriben todas las barreras y obstáculos que evitan la relación equitativa entre los seres humanos.

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