Las ciudades también son mortales

Autor:

Graziella Pogolotti

En una de sus novelas, el mexicano Carlos Fuentes describe la ciudad de Detroit como un cascarón deteriorado en lo físico, lo social y lo humano. Duró poco su esplendor, asociado al auge de la industria automovilística y emblema de modernidad durante los 20 años que separan las dos guerras mundiales. Mucho antes, José Martí evocaba en sus crónicas norteamericanas la instalación de la electricidad en las calles de Nueva York. La introducción de nuevas técnicas constructivas habría de viabilizar la edificación de deslumbrantes rascacielos. En todas partes, la concentración urbana marchaba con paso de gigante. Fueron las megalópolis que, en nuestra América Latina parecen vitrinas frente a un trasfondo subdesarrollado perteneciente a otro tiempo histórico. Hoy en día, las urbes sobredimensionadas padecen las consecuencias de la alta contaminación, la insostenibilidad económica, después de haber pagado un alto costo por el derrumbe de sus centros históricos y de muchos de sus valores intangibles. No tienen futuro porque los avances técnicos desplazarán buena parte de la mano de obra indispensable antaño.

Por más de un motivo, la era de las ciudades gigantescas está a punto de terminar. Los adelantos tecnológicos liberan buena parte del trabajo hecho con la mano del hombre. Quedaron atrás las enormes fábricas de la revolución industrial del siglo XIX. La expansión de los servicios absorbió en parte a los desplazados del mundo fabril. Pero las computadoras reducen el personal de las oficinas. Muchas tareas pueden desempeñarse desde la distancia. En Los miserables, de Victor Hugo, el territorio secreto de las urbes se oculta bajo tierra. Son las alcantarillas, las redes de suministro de agua, electricidad y comunicación telefónicas a los que cabe añadir la recogida de desperdicios para configurar los factores determinantes de la insostenibilidad en los conglomerados humanos.

En ese contexto, La Habana, ciudad del pasado, reúne las condiciones requeridas para la ciudad futura. Su crecimiento no se produjo por demoliciones de lo viejo para edificar lo nuevo. El triunfo de la Revolución paralizó la especulación financiera en torno al valor del suelo, cuando ya comenzaban a levantarse en el Vedado las inversiones inmobiliarias en las llamadas propiedades horizontales. Su aparición inicial, junto a la zona costera, amenazaba con crear una barrera a las brisas que suavizan el clima veraniego.

Como afirmó el arquitecto José Antonio Choy en un programa televisivo, la capital se despliega como un libro abierto a la lectura de las etapas sucesivas de nuestra historia. Desde el siglo XIX, los más pudientes abandonaron la ciudad vieja para asentarse en la hermosa Calzada del Cerro, donde las residencias armonizaban con sus espacios verdes, tal y como se observa todavía en el actual asilo Santovenia. Algunos fueron más allá. Optaron por las quintas de la Calzada Real de Marianao. Ya entonces, sin embargo, se había concebido para el Vedado nuestro primer diseño urbano integral. A partir de ahí, seguiría la marcha hacia el oeste. Podemos celebrar muchos modelos de arquitectura. Pero, en cada caso, se conoce la sensatez de un urbanismo sustentado en el respeto a la dimensión humana. Esa medida de la persona es lo que debe recuperar la ciudad futura.

En su nacimiento, desarrollo y decadencia, las ciudades cuentan un relato a través de sus estilos arquitectónicos, los distintos modos de vida y las funciones según las circunstancias históricas. Lugar de tránsito de los tesoros de América, amenazada por piratas e invasores, se constituyó en fortaleza. Más tarde, fue asiento de los pudientes, almacenistas españoles o sacarócratas criollos que, en temporada de zafra, pasaban un tiempo en el ingenio. Las murallas se volvieron un estorbo para la expansión urbana y el paseo de los quitrines. La Capitanía General, concentraba la burocracia sumisa y voraz, al modo del personaje de Ramón Meza en Mi tío, el empleado. Se multiplicaron los teatros para la ópera y también para el bufo.

Entrada principal de mercancías en la república neocolonial, siguió centrando el poder político y el reparto de mercedes para la clientela electoral. La alta sociedad privilegió los deportes náuticos en los clubes costeros.  La Universidad atrajo estudiantes alojados pobremente en casas de huéspedes.

Ahora, con la apertura de la Zona Especial de Desarrollo Mariel, las funciones de la capital tomarán nuevo rumbo, con peso creciente en los servicios, la cultura y los polos científicos. A esas demandas del futuro inmediato, se ajusta el legado urbano de ayer, también afín a las necesidades de una población envejecida con sus requerimientos de pequeños espacios verdes para ejercitarse, intercambiar con otros y hacer compritas por los alrededores, lejos del tumulto abigarrado de los supermercados contemporáneos.

Con el saneamiento de la bahía, la ciudad cambiará de rostro en lo paisajístico, lo cultural y lo humano. Se integrarán al conjunto algunas zonas cercanas y, sin embargo, en cierto modo, periféricas. Me refiero a las villas de Guanabacoa, Regla y el barrio de Casablanca, cada una con historia propia. Guanabacoa conserva valores coloniales e históricamente fue el foco de resistencia al producirse la ocupación de La Habana por los ingleses. Proletaria, Regla tiene tradición de lucha, desde la imprenta de Facciolo durante el coloniaje, hasta el homenaje a Lenin en su colina. Su iglesita es también lugar de culto para los devotos de Yemayá. Todo ello conforma la imagen múltiple de una Habana que tenemos que reconquistar para nosotros, para disfrute de todos, de amorosos como responsables ciudadanos.

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