¿Cuánto cuesta la estafa?

Autor:

Susana Gómes Bugallo

Unos cuantos miles invertidos en aparentar y ya el nuevo negocio está listo. Los carteles atraen desde varias cuadras antes, el inmueble se viste de un lujo seductor, los utensilios parecen de primera clase y hasta la típica muchacha «de salir» anda «posada» por la estancia. Todo simula el perfecto edén. Pero, ¿siempre lo es?

En uno de esos pocos días en que nos atrevemos a malcriarnos de verdad, decidimos que una de las pizzas más caras no estaría mal para celebrar el cumpleaños o el nuevo triunfo profesional, o hasta para dividir la semana ahora que ya es sábado. Y ya que la renovada gastronomía del sector no estatal se viste con bríos inspiradores, nos llegamos a la propuesta más llamativa, a la que encandila con sus lucecitas enceguecedoras y nos entregamos a la promesa de una noche de lujo.

A veces tenemos suerte —que no solo de papas podridas está lleno el saco de la naciente gastronomía que también he elogiado en este espacio—, pero últimamente andan apareciendo cada burla al cliente, que llevan a pensar en el modo en que la otra cara de la publicidad (la que va oculta y está puesta al servicio del engaño y la estafa) se va sembrando en nuestros recién estrenados comercios. No son pocos los males que ha debido y aún debe soportar la gastronomía de este archipiélago, condenada a condenarse en manos de quienes la ensucian con miles de artimañas.

Pero azar aparte (que bien sabemos que las buenas casualidades andan más escasas que la atención esmerada), se hace común que las ofertas de exorbitantes precios vengan acompañadas también —cual ración extra de papas fritas o guarniciones— de pésimas elaboraciones, mínimas porciones y hasta ofensas al buen gusto, como la del batido de 15 pesos que aguarda —con toda el agua del mundo— en un pomo mal refrigerado.

Ni siquiera un batido de tres pesos debería andar en esas condiciones. Pero ya que hablamos de pagar calidad cuando el bolsillo está dispuesto a semejante gasto, esta estafa es mucho menos permisible. Porque, ¿adónde llegará el nivel de lo tolerable si ni siquiera desembolsando una enorme suma de la que pocas veces tenemos, se garantiza la deseada velada inolvidable?

Prácticas desleales y anticompetitivas son, en lugar de deliciosos manjares, el plato fuerte de muchos establecimientos. La mentada publicidad engañosa, como  palpable agresión al desprotegido consumidor, llega como oferta abusiva que promete desde sus fachadas más de lo que puede y quiere ofrecer a quien se adentra en sus predios.

Y más allá de volver a clamar porque nos empoderemos como consumidores que merecen los derechos propios de nuestra condición de clientes, más allá de atrevernos a reclamar por lo que no se dio en tiempo y forma, más allá de llamar a la conciencia mercantil de quienes andan al frente de estas cafeterías empecinadas en el engaño y la ganancia a toda costa, se impone de una vez y por todas que estas irregularidades sean miradas de cerca por las autoridades a las que corresponde tal encargo: por los inspectores que deben velar por la calidad de los servicios y por los operadores del Derecho y legisladores que deben enaltecer la figura del consumidor.

De lo contrario, el timo seguirá presidiendo cada empeño, y toda una noche de gastos no será más que el pago por la estafa de turno que, ya dentro de poco, será más regla que excepción para quienes se consagren en el paraíso de la impunidad.

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