Mañana me voy al gym

Autor:

Yosley Carrero

Vamos, ¡no me vaya a decir que alguna vez Usted no se vio tentado ante la idea peregrina de parecerse a Will Smith, Brad Pitt, Angelina Jolie o Beyonce, o a cualquier otra figura del cine, la música o el deporte!

Dígame que idea tan banal no pasó por su mente, al menos una vez, durante la adolescencia o en medio de alguna crisis de autoestima, antes o después de encontrar total conformidad con su cuerpo.

Se supone que tras la lectura de El Principito no debería  pasar por este tipo de dilemas porque lo esencial  —asegura el autor del instructivo libro— «es invisible a los ojos». Pero nunca dejamos de crecer, al menos espiritualmente.

Por eso hace tres meses me fui al gym, anglicismo con el que suele llamársele en Cuba a los cada vez más concurridos gimnasios. El mío es un gym grande, con aparatos para realizar ejercicios de piernas, brazos y espalda. Tengo además un profesor que me mantiene, en la medida de lo posible, a salvo de dañar mis huesos y músculos.

La rutina comienza siempre con el calentamiento… Tres tandas de cuclillas. Barras, paralelas. Estiramiento. Planchas. Cada quien  construye su menú. A escasos metros un grupo integrado fundamentalmente por mujeres comienza sus sesiones de aerobios… un, dos, tres adelante… un, dos, tres atrás.

La práctica diaria se anima con ritmos latinos: salsa, merengue, reguetón; y el ego cotidiano se alimenta con los espejos que circundan el local. Sí, porque al gimnasio vamos para ganar en salud y para vernos mejor.

Todo el mundo tiene una razón específica para adentrarse en estos escenarios. Unos quieren perder libras de peso, otros ansían definir o buscar volumen muscular, y hay quienes se rehabilitan físicamente.

Hoy voy a hacer bíceps, y mañana abdominales. Debo asumir esto como un sacerdocio, y hacer mi propia planificación. No pienso tomar hormonas, esteroides ni ningún medicamento nocivo para mi salud, a cambio de una imagen artificial.

Los entrenadores siempre sugieren una preparación que integre las diferentes partes del cuerpo, así como una buena alimentación. Sin embargo, la gente va a buscar lo que más cree que necesita. Tengo una amiga que acude a tonificar los músculos de las piernas y un socio que prioriza, sobre todo, el trabajo de tríceps y pecho. Él dice que no quiere nada más.

Esto es algo que depende, en cierta medida, del elogio ajeno. Siempre habrá quien te invite al desaliento cuando te pregunte: «¿De veras estás yendo al gym?». Afortunadamente no faltará quien te diga: «Ummm, estás cogiendo. Te estás poniendo bueno». En ese caso, guarde la sonrisa para después; mate su vanidad y solo responda: «¿De verdad, tú crees?».

Si te lo propones siempre podrás encontrar tiempo para los ejercicios. Harás sesiones de 40 minutos, una hora o dos horas. Lo importante es que lo asumas con seriedad.

Imagino que a estas alturas poco le importe tener los pectorales de Cristiano Ronaldo, o los glúteos de Beyonce, en el caso de las mujeres. Siéntase feliz buscando la mejor versión de Usted mismo y poniendo por delante su salud que, como reza la sabiduría popular, es lo primero.

Por una inasistencia no se acaba el mundo. No lo asuma con obsesión, solo con disciplina. Que los informes, las reuniones, los horarios de la guagua, el agro o los quehaceres domésticos no le impidan escaparse del estrés, en esta suerte de encuentro con su cuerpo y con su espíritu.

Busque un espacio en su agenda. Y si se rindió tras las primeras extenuantes jornadas, vuelva. Si le sirve de consuelo, haga como yo, que después de dos semanas de ausencia manaña me voy al gym.

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